Crónicas de mar y tierra. 2
Ayer, día de Santa Ana, llamamos a las dos Anas de la familia. Con la mayor no pudimos contactar, no contestaba al teléfono, y es pena porque está más necesitada de felicitaciones y recuerdos de la familia. A la madre recién estrenada la encontramos agobiada con los llantos del pequeño y la incertidumbre de no conocer la causa. Si me preguntan a mí, diría que simplemente es por el calor. Maru le puso sobre aviso de un posible dolor de oído y le aconsejó que le presionara con el dedo en la oreja a ver si reaccionaba. Siempre me acuerdo de lo que contó el primo Antonio, el médico, respecto a su profesor de pediatría. Les dijo en clase que al entrar en una casa a visitar a un niño, procuraran preguntar primero a la abuela qué creía ella que le sucedía al pequeño porque generalmente ése era el diagnóstico acertado. En este caso y aunque fuera telefónicamente tuvo opinión de bisabuela.
Ayer Maru, -después de ver la penúltima sesión de la estúpida, absurda, ridícula y tonta novela televisiva de la tarde, de la que no ha perdido ni un capítulo, y a la que no apea de semejante tratamiento a pesar del interés que le suscita, cada vez que, una vez terminada, sale del salón y se encuentra con nosotros-, le dio elegantemente “puerta” a la Tere, que se iba a tomar la tensión y luego a visitar a su amiga la Pepa Valdepérez. A Maru le espanta la idea de visitar a esta peculiar ampollera sobre todo porque no le entiende nada y no se entera de nada de lo que cuenta. La causa es doble, una que no le entiende el catalán, único medio de expresión para la Pepa, y la otra que ni siquiera la oye porque está perdiendo lo poco que le quedaba de audición. Esta mañana ha dicho que ya se va acostumbrando a no enterarse de nada de lo que hablamos a su alrededor y daba pena. Los aparatos del oído no le funcionan, deben de estar sucios y no los usa.
Volviendo a ayer tarde, le anunciamos que saldríamos por ahí un rato para ver salir a la luna. Ella siempre dice: “por mí no os preocupéis que yo estoy aquí muy bien” pero se trasluce que el plan le complacía. Esperamos un rato leyendo en la terraza los tres mayores, pues nuestros jóvenes se habían ido al Faro, y hacia las ocho nos fuimos con el coche hacia el norte. La elección recayó en el Perales, que sin duda alguna, es el mejor rincón de esta parte de la costa. Este año nos hemos llevado la decepción de que lo han cambiado y lo han convertido en algo casi suntuoso, muy alejado de aquel restaurante playero y rústico, más apropiado para el lugar. Ahora aún quedan mesas bajo los pinos, divididas por el color, las blancas para restaurante y las rojas, colocadas a la entrada, para bar. El gran salón con pretensiones de celebrar en él comidas, banquetes y celebraciones (si lo hubiéramos sabido, habríamos negociado con Nuria, la dueña, el celebrar aquí la comida aniversario), estaba vacío pero las mesas del exterior se iban llenando. Nos sentamos en la más cercana al mar y nos dispusimos a acechar la salida de Selene, dando sorbos al nesty. Creíamos que Maru no tenía adiciones perniciosas, pero claro que las tiene, a las patatas chips. Es lo que más le gusta como acompañamiento en aperitivos y en toda ocasión en la que se sienta ante una bebida. Ella las pide muy suavemente a la camarera al final, tanto que ésta se suele olvidar de traerlas, sin valorar el desasosiego que crea en la adicta. Al cabo de un buen rato hay que recordárselo y por fin se presenta con un paquetito cerrado que Maru abre y nos invita a tomar como si los verdaderamente ansiosos fuéramos nosotros. Si Tere está le grita:
“ Coyons, Maruja, siempre estás comiendo¡ ¡no comas más, que estás muy gorda¡
Pero nosotros no le hacemos ningún reproche, al contrario, compartimos el contenido. Ya es una experta en conocer las patatas y son mejores las que nos ofrece el “hombrecico” de Capelo, del que nos hemos hecho muy amigos, que las de Perales.
La luna se hizo esperar ayer mucho. Oteábamos el horizonte marino en toda su extensión y la frase más repetida por Maru era: “Ya no puede tardar mucho”. No importaba que tardara, la tarde ofrecía desde allí un bellísimo panorama, con las rocas del rojo intenso oscureciéndose poco a poco, el mar de un azul brillante, iluminado por el sol antes de ponerse, el faro enfrente resplandeciente y la línea de costa que forma el delta nítida. La luz iba cayendo y las sombras empezaban a dominar el ambiente. Encendieron las luces del restaurante, las que están en los pinos sobre las mesas blancas, y la luna aún no hacía acto de presencia. Finalmente, pasadas las nueve, yo distinguí un globo de color rosa tenue en la línea del horizonte por el norte. Casi no era aún perceptible y a Rafa y Maru les costó reconocerla. Les hice levantar para acercarnos a la orilla. Luego el globo incandescente se ocultó momentáneamente tras una línea de bruma para salir por encima con mucha mayor nitidez y un brillo ya visible, aunque todavía de color rosa intenso. Como Maru tiene la buena idea de llevar los prismáticos, el espectáculo ampliado aún era más bonito.
Allí estuvimos hasta que anocheció completamente y la luna disminuyó su tamaño pero ganó en brillo y se distinguió claramente su estela estrecha y luminosa sobre el mar. Todavía la vimos ascender por el firmamento mientras el camino plateado se iba ensanchando y después nos vinimos a casa.
Esta mañana el escenario y la anécdota no tienen nada de poéticos, como el recuerdo de la tarde de ayer. Me he empeñado en acompañarla a la ducha y lavarle bien pero, ¡cómo cuesta¡, tengo la impresión de ser una vieja enfermera amargada e insensible tratando a una anciana díscola. Dice que no tiene ganas, que tengo un olfato excesivo, que no es para tanto… en fin, dura tarea con buen resultado, pero cada vez empleando argumentos más fuertes. Me parece que estoy perdiendo muchos puntos… sería bueno hacer una ducha porque le cuesta mucho levantar su maltrecha pierna para entrar en la bañera.
Luego se ha bajado a pintar no sé si un poco enfadada. Mis argumentos han sido de sentido común, que todos los cuerpos huelen mal si no se lavan, que no sólo yo tengo buen olfato, etc y el definitivo ha sido decirle que posiblemente yo no tenga ninguna hija a mi lado si estoy en su situación, esperando hacerme la mártir, pero lo rebate diciendo que eso no se sabe nunca.
Ahora estoy sola ante el mar de olivos en esta terraza que va quedando aprisionada entre ficus, palmeras y olivos. Los jóvenes han ido a comprar la batería y los artistas, Maru y Rafa, se dedican al arte de las Musas.
Continuará…
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