lunes, 2 de agosto de 2010

cronicas de mar y tierra 3

Crónicas de mar y tierra 3
Los chicos dijeron que hoy, (día 27), irían por la mañana pronto a comprar la batería del coche de Maru pero el concepto de pronto varía según la idiosincrasia de las personas, por lo visto, porque salen de aquí los tres jóvenes ya bien entrada la mañana. Bien es verdad que antes se han asesorado de dónde poder comprarla y resulta que en el distribuidor Michelín de l´Aldea las venden, no hay que llegar a Amposta. Nos lo ha dicho la prima Leonor. Han medido cuidadosamente la vieja y tomado todos los datos y han llamado por teléfono para asegurarse que la tienen. De paso se ha hecho una lista de cosas para comprar en el pueblo. Todo lo llevan a cabo con éxito pero cuando regresan es un poco tarde. Antonio a pesar de todo decide bajar a darse un baño.
Yo no le acompaño de momento porque estoy haciendo un gazpacho. Es curioso pero hay ciertas comidas asociadas a lugares y este rico y alimenticio caldo frío no lo tengo yo asociado a Ampolla. Maru me dice que tenemos un aparato magnífico y apropiado para hacerlo y decido utilizarlo. El cacharro en cuestión ya lo usamos el año pasado, es uno de esos robots que le regalan a una, en este caso a Maru, después de engañarla vendiéndole un montón de libros trasnochados o de poco interés que además abultan un montón. El motor del aparato en cuestión funciona bastante bien pero la carcasa es de plástico frágil y el recipiente donde se ponen los ingredientes para ser triturados no tiene ya tapa ni asa, que se rompió al primer uso. Ella no le da importancia a estos pequeños detalles, dice que un plato de postre puesto encima hace las veces de tapadera. Lo intento y cuando empieza a girar el líquido se sale a borbotones y mancha el motor, la encimera y todo lo que había encima de ella. Dice Maru que la Tere lo utilizó varias veces y que estaba contenta con él, así que la que no sabe sacarle el partido debo de ser yo. Al final y con cuidado, cargándolo con menos líquido y sujetando el vaso de plástico, consigo terminar el gazpacho que tiene muy buena pinta y luego me lo corroborarán los comensales.
Como aún no es demasiado tarde, decido yo también bajar a darme un baño. Alcanzo a Antonio entrando despacito, como suele, en el agua. Antes ha estado tomando el sol porque su teoría es que se tiene que notar en el bronceado de la piel que ha estado en la playa. Yo me meto al agua sin detenerme ni un minuto en las piedras y, como hay que entrar con cuidado, --intentando hacerlo por una especie de camino entre las piedras que la corporación municipal ha tenido a bien hacernos en un extremo de la playa, como mejora sustanciosa del equipamiento de la zona y que cualquier día lo difuminará y hará desaparecer un temporal, que ni siquiera hace falta que sea fuerte-, y mirando atentamente para evitar golpearse con las rocas, descubro una medusa flotando en el agua. Se lo digo a Antonio y viene para observarla. No tenemos nada con qué cazarla y aunque lo intento con las gafas de bucear, no se deja. Al final abandonamos la cacería y nos adentramos en el mar pero ya con la atención puesta en las aguas, no vaya a ser que alguna otra nos dé un disgusto. El mar hoy está algo movido, como suele ser habitual a una hora tan tardía, y turbio, como suele ser habitual siempre en esta bahía, así que el baño es corto, sin hacer la travesía a Cala María.
Hay muy poca gente en la playa. Los alemanes se han ido al mercado de Amposta a comprar los melocotones 20 céntimos más baratos que los del súper, según su costumbre y sólo baja Hans, muy tarde para su costumbre, pues nos encontramos en el camino ya que él tampoco renuncia a darse un baño corto. Mientras me seco después de la ducha, de pie en el pedregal, porque llamarlo playa es un favor que le hacemos, observo el paisanaje. Se echa de menos a Hilde cambiándose la braga del bikini mojado por la del seco debajo de la toalla, actividad que realiza con una soltura sorprendente y sin que nunca -que se sepa- se le haya caído la toalla en la operación. Veo salir del mar a una joven y robusta mamá alemana con su niño de unos cuatro años. Llevaban rato dentro del agua jugando y disfrutando. La observo con mirada poco discreta, me temo, según me recriminan mis hijos, y me impresiona el tamaño de sus muslos, y el tono bicolor de la piel, roja intensa en las pantorrillas, hombros y brazos y blanco lechoso en el resto. El niño lleva un traje entero que le protege del sol. Ahora la madre se lo quita para que vaya a ducharse y deja al descubierto un cuerpecito escuálido y blanco como la leche. Comprendo que lo proteja porque si no, puede desintegrarse al sol como dice Maru que les pasó a dos medusas que Alfonso pescó y metió en una lata que puso al sol. Al día siguiente no había más que agua.
Me subo yo antes que Antonio para preparar la comida. Cuando ya estamos en la mesa aparecen las niñas, Blanca y Marina. Vienen a ver el dragón que vivía en la puerta de entrada y al que se le ve desde dentro a través del cristal. Es una de las atracciones para los niños de enfrente pero el último día que vinieron los chicos, Felipe y Jorge, le dieron tales golpes en el cristal intentando asustarle que el pobre ha debido de mudarse de vivienda. La pequeña, Marina, nos dice con su lengua de trapo:
“No´tá, sa´condío” que quiere decir, no está se ha escondido. Ya vamos entendiéndola.
Después de comer Rafael se sube a su obligada siesta. Lo mismo hacen los jóvenes. Maru y yo nos quedamos en las mecedoras y, al cabo de una hora o más, -no sabemos porque no hemos visto el reloj-, nos despertamos admiradas del profundo sueño que nos ha dejado fuera de órbita, sin notar ni las pesadas moscas que revolotean hoy con más pesadez que otros días, ni siquiera el molesto ruido de los coches que no cesan. Tal vez algún componente de la comida tenía propiedades narcóticas, pero recapacitando resulta difícil averiguar cuál porque no hemos coincidido en el menú. Maru se ha empeñado en seguir comiendo por cuarto día y, lo que es peor, no consecutivo, un trozo de perdiz que aún sobraba del guiso de 4 perdices de hace una semana, que estaban congeladas con plumas y todo cuando yo vine a Ampolla. No me había dejado tirar los restos y asegura que ella la encuentra muy buena. Y debe de ser así porque rebaña con fruición huesitos minúsculos del animal hasta dejarlos pelados.
Tras la siesta los chicos instalan en el coche con éxito la batería, porque lo ponen en marcha y funciona. Ha sido fácil, dicen, aunque no emplean como comparación la que les hizo José Javier, que por cierto, llama periódicamente para preguntar por el resultado de la operación y nosotros, desagradecidos, no le llamamos para comunicárselo.
Esta tarde tampoco vamos a por Tere. Tenemos otro compromiso y es una cena que ya se va haciendo tradicional porque es el cuarto año, a la que nos invitan Juan y Leonor, con sus hijos y con un comensal no habitual, el cura del pueblo, mosen Mikel, un hombre de sentido común, que ya es mucho en su profesión, agradable, cordial y que siente mucha simpatía por Maruja a la que dice admirar, (como nosotros, claro). La cena es buena, como siempre. Juan asa unas chuletas de cordero y longanizas de la tierra en la nueva barbacoa que se ha construido en la parte de atrás de la casa, al lado nuestro, delante de la palmera, que nos va a proporcionar a menudo unos efluvios alimenticios más que notables, aunque él asegura que no nos vendrán olores porque, tal como está construida y en el sitio que está, suben siempre hacia arriba…. En fin, la experiencia ya nos dice lo contrario pero…
La terraza de los primos permite ver el atardecer en la bahía aunque los pinos nos impiden ver la luna hasta que está ya muy alta. Cuando por fin aparece, ya un poco menguada, pero brillante y bonita, hacemos un alto en la conversación para admirarla como se merece.
Continuará….

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