Crónicas de mar y tierra 7
Maru ha madrugado más que yo y ya se ha preparado el desayuno cuando yo bajo. Hoy los mendrugos que se ha puesto como base en el tazón son más macizos que otras veces y enseguida han empapado el café con leche y han adquirido un color oscuro, con el resultado de algo muy poco apetecible, al menos para mí; ella no parece acusar esta impresión. Le sugiero que se eche más líquido a ver si así mejora al menos el aspecto. Paz ya no está, se ha ido al pueblo. Cuando Maru termina el austero refrigerio, duda entre acometer la tarea de subir el doble a otro de los pantalones de la nieta o bajarse a pintar, actividad que, por cierto, ayer no le dio tiempo de practicar. Yo le aconsejo que se baje a pintar hasta las doce, hora en que tiene la intención de recoger a Tere y volver al Arenal a bañarse.
Aprovecho yo la calma de la casa para ir también al pueblo a comprar algunas cosas que ayer se nos olvidaron en la lista. Me cuesta mucho encontrar un sitio donde aparcar y al final lo dejo en lugar prohibido, naturalmente. Ahora está el pueblo lleno de gente, dadas las fechas de fin de semana y principio del mes vacacional por excelencia. Los lugareños estarán contentos, porque hasta ahora no han hecho más que quejarse de que está vacío, que no hacen nada, que no alquilan, todo lo cual quiere decir que los visitantes no gastamos ni les dejamos tantos euros como habían previsto, lo que debe de ser un mal general en estos tiempos. Aparte de que estos mismos razonamientos los llevamos oyendo en este pueblo desde hace años, desde que pretendieron que se convirtiera en un lugar comparable a tantos otros famosos de la costa, cuando su encanto radicaba precisamente en ser diferente.
Al subir me encuentro a Rafa sentado en la terraza tomando el zumo de naranja que se ha servido él solo y descansando de la caminata diaria en su segunda fase, la vuelta desde el pueblo. Hoy hay muchas nubes en el cielo, que no tapan al sol pero que provocan una gran humedad en el ambiente y el consiguiente aplanamiento. Antonio aún no se ha levantado.
Avanza la mañana con tranquilidad. Paz está trabajando en su ordenador, Antonio ha desayunado con la calma y parsimonia requerida para que las cosas salgan bien, Maru pinta en su “estudio”, Rafa está recluido en la habitación, seguramente con el balcón cerrado y la luz del flexo encendida, ambiente propicio a la inspiración que culmina en la creación literaria, esa obra proyectada desde hace tiempo y que esperamos ansiosos.
Sin que oyéramos ningún ruido de coche ni sonido avisador, aparecen en la terraza Alfonso y Lola. Ya casi no contábamos con ellos y, como Jose nos había dicho que no venía, pensábamos que seguiríamos solos. Aparecen cargados de bolsas y una cesta llena de ciruelas amarillas de su terreno aunque nos avisan de que están ya demasiado maduras. Espero que no se las tome todas Maruja, que siempre ha dicho lo mucho que le gusta la fruta madura y lo ha llevado de la teoría a la práctica comprando en la frutería las piezas que ya tenían retiradas por su mal aspecto y sacándolas a la mesa con la advertencia de que son las más dulces, por si teníamos alguna prevención.
En una de las bolsas van ni más ni menos que nueve perdices todavía con las plumas. Lola ha puesto a descongelar su nevera y tenía que sacarlas. Lástima que no tengamos como negocio un restaurante o al menos un catering o que esta casa no sea la de antaño en número de habitantes, porque, como nos las tengamos que comer todas en los siguientes días, vamos a batir el record y no creo que Maru aguantara los tres meses próximos con menú único. Lola se pone diligente a pelarlas en la parte de abajo y luego la nevera se nos llena de cadáveres, como diría Mafalda.
Bajamos a la playa los más adictos, Alfonso, Antonio y yo. Hoy el viento sopla desde el interior del mar hacia la costa y las olas arrastran muchas algas y materias indeterminadas, con un mal aspecto, como si fueran esponjas amarillentas que te topas con las manos al nadar, y las aguas están turbias, como sopa de verduras. A pesar de todo nos bañamos y Alfonso hace sus incursiones al fondo evocando los viejos tiempos en que practicaba submarinismo. Es un tritón de los de primera generación…
La comida de hoy ha suscitado diferencia de opiniones en cuanto a su valoración. De un lado Rafa y del otro todos los demás. Hemos cocido unas judías verdes con patatas, de esas redonditas, finas, blandas como la mantequilla, a las que precedía un gazpacho bien sabroso y seguían unos filetes de pechuga de pollo. Rafa opina que el “bullidet” es propio de la cena, no tiene categoría de plato de al medio día, no es que sean malas, pero son… simples, y claro, si le sigue pollo pues es una comida “de segunda”. Últimamente está un poco rebelde este Rafa, con exigencias gastronómicas como la de no mezclar ciertos alimentos con otros, por ejemplo el arroz es el rey y se toma solo, con todos los honores, nada de acompañamiento de otros productos, cosa que lo hace desmerecer. En fin la otra sección, que somos todos los demás, estamos encantado con el plato de judías verdes rociado con un buen chorro de aceite de oliva virgen extra, comprado por cierto en el mercado de Amposta a un cosechero de Freginals, o bien con mayonesa, a gusto.
La tarde va transcurriendo sin novedades, la siesta, lectura, ordenador. Alfonso y Lola y Maru se van con Juan el Cotit y Leonor a ver la casa en construcción de Pedro, en la urbanización de Cap Roig, que le está quedando muy bien. Luego Antonio, nuestro recién estrenado chófer, lleva a Maru a misa en el viejo Fiesta y constata lo cacharro que está el cochecito, con marchas que no sabes si entran o salen, piezas desvencijadas, en fin que salvo el motor, que es como un corazón robusto que en alguien mayor sigue latiendo a pesar de otros achaques, el resto deja bastante que desear y más para Antonio, que ahora busca coche para comprarse pero a partir del audi. Más mérito le concedemos al nuevo conductor.
Nosotros, Alfonso y Lola y Rafa y yo, bajamos luego con el mondeo al pueblo, paseamos por el pequeño mercadito de artesanía que los sábados por la tarde ponen en la plaza del pozo y aledaños, caemos Lola y yo en la tentación de comprar sendos abalorios, y luego recogemos a Maru a la salida de la Iglesia para irnos hasta el hotel Delta, en Deltebre, a estudiar el terreno donde se celebrará el evento del 28 de agosto, si la salud de la tía Pili lo permite. El hotel es muy agradable y la gente que te atiende también. Para que la experiencia sea más completa y probemos las mesas y el servicio, lo mejor es quedarse a cenar allí mismo, en una mesa redonda por cierto. Pedimos unas ricas raciones con el broche de oro de postres caseros que, por cierto, se hacen de esperar. La generosidad de Alfonso, que se levanta de la mesa como si fuera al servicio y lo que hace es pagar la cuenta, aún hace más grata la velada… y nos volvemos en la noche cerrada a casa. Aquí encontramos a Antonio instalado en la sala de usos múltiples, el salón de la casa, viendo una película en la magnífica pantalla que se ha instalado y que se puede comparar a la de cualquier sala de proyección. ¡Vaya lujo¡ Todavía nos quedamos a una nueva sesión con una película americana de esas distraídas pero algunos no resistimos verla completa porque el sueño nos vence.
Continuara….
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