Crónicas de mar y tierra 4
Me he despertado muy pronto, a las 7 de la mañana, hora en que Rafa suele iniciar su aseo, poco antes de salir para su paseo matutino hasta el pueblo. He salido a la terraza y me he visto inmersa en uno de esos momentos mágicos en la naturaleza. El sol despuntaba por el este, llenando de luz dorada el ambiente mientras que por el oeste la luna, blanca y todavía brillante, aún se enseñoreaba en el cielo azul de la mañana. El mar estaba azul y calmado, se distinguía muy bien la línea blanca del Fangar. Reinaba el silencio y sobre las montañas que, a modo de telón de fondo completan el escenario, los molinos de viento movían acompasadamente sus aspas. He tenido la impresión de no estar sola y, cuando ya volvía a la habitación, levanto la vista hacia la terraza de arriba y me encuentro la cabeza del Yeti, el gato blanco de Fernando, metida entre los barrotes que me miraba fijamente. No he sido capaz de desentrañar el pensamiento del felino a través de su inexpresivo careto inmóvil así que no me atrevo ni a conjeturarlo. He querido inmortalizarlo en una foto, pero cuando he vuelto con la cámara, había desaparecido.
Estoy contenta con el coche nuevo, es inteligente y adivina que quiero entrar y se abre sin la llave y hace otras proezas electrónicas todas ellas dignas de admiración pero… no reposta solo, hay que llevarlo a la gasolinera y meterle el alimento y pagar. Ya le hacía falta, así que esta mañana, con la cámara en ristre, he ido a recoger a Rafa que tomaba su café y croissant como todos los días en la misma mesa de la terraza del hotel La Roca Plana, donde es ya un personaje conocido y saludado, y nos hemos ido hasta la gasolinera del Arenal. Luego teníamos que ir a Caja Madrid, en l´Aldea pero ya llevaba yo la intención de hacer el trayecto a través de los arrozales, descubriendo caminos nuevos, como si fuera Maite Soler, y evitando a la vez el horrible trayecto de la 340. Y no nos defrauda el paseo porque pasamos por lugares nuevos y bonitos, entre el verde brillante de los campos de arroz que forman un gran tapiz, salpicado por pequeñas casitas de labradores a cuya vera se levanta generalmente un árbol frondoso. Veo una indicación que señala la ermita y allí nos dirigimos. Junto a ella se levanta una torre redonda cuyo basamento data de principios del siglo XII y el resto está fielmente, -parece-, reconstruido, rematado en pequeñas almenas. Se levanta sobre un solar acotado que contiene unas ruinas de época árabe. El edificio al que está pegada la remozada ermita, es una casona de bella fachada, iluminada a esta hora por el sol que la ennoblece aún más. Enfrente se ve una antigua noria de piedra situada en el claro de un pequeño bosque de árboles no muy altos. Ha sido una bonita incursión en una zona que creíamos muy conocida.
Hoy los jóvenes deciden ir a Capelo pero yo prefiero bajarme al Baconé para darme un baño. El mar está algo revuelto y la temperatura del agua es muy agradable. Entro en el mar con el cuidado con que lo hacemos siempre y un poco más adentro distingo de nuevo la medusa de cada día flotando en las aguas. Decididamente es la medusa del Baconé, parece que le gusta la zona. Habrá que familiarizarse con ella y lo que es más práctico todavía, aprender a esquivarla. En la confianza de que es una aventurera que le gusta viajar sola, como a mi hijo Juan, por ejemplo, y que no voy a encontrar ninguna más, me lanzo a nadar con intención de no recorrer largo trecho pero poco a poco sigo avanzando y llego a lo que llamamos Antonio y yo “área de servicio”, la roca que ocupa una gran extensión, donde se hace pie y permite descansar un poco e incluso ir andando sobre ella. Hoy veo muchos peces, más y menos grandes y sobre todo numerosos bancos de los más pequeños. Ni rastro de más medusas. Animada por el reconfortante ejercicio de nadar viendo el fondo, decido seguir hasta la punta de Cala María, con este espíritu temerario que a veces me anima y que me recuerda a mi amiga Pilar cuando dice que “somos mujeres amazonas”, comparándonos con las míticas guerreras. En este caso me falta el caballo.
En el recorrido solamente me cruzo con un barco de recreo, anclado allí cerca, y con un submarinista que intenta pescar en las rocas y que entra y sale sin moverse del mismo lugar. Llego hasta la meta, la punta extrema y contemplo el panorama, que, como siempre, encuentro precioso. En la playa de Cala María hay alguna persona y dos perros corretean por ella. La vuelta, en contra del viento, se me hace larga y me canso más de lo previsto, pero sin alarmarse. Hoy tampoco están los alemanes en el Baconé; creo que han acompañado a su hijo Lust y la familia al aeropuerto de vuelta a Alemania. Por fin descansará Hilde, que se queja del mucho trabajo que le ocasionan y tomará fuerza para afrontar la llegada del otro mellizo, dentro de cuatro días. Lo sé porque me lo cuenta todos los días que nos encontramos, cuando no conseguimos esquivarla, así como al resto de las personas que quedan a su alcance. Es capaz, incluso, de renunciar al baño por el gusto de contarlo de nuevo.
Esta tarde tenemos un plan novedoso: vamos a ir a cenar a un restaurante francés que está en la montaña. Ayer he llamado por teléfono para reservar y Rafa y yo tenemos la intención de invitar a los sobrinos y a Maru y Tere como celebración de nuestro aniversario de boda, que este año alcanza una cifra redonda, treinta y cinco años. Este paraje, que pertenece al Perelló, consiste en una calle bien asfaltada, flanqueada de farolas, que sube en pronunciada cuesta hasta una zona alta donde se forma una rotonda en torno al depósito de distribución de agua corriente. (Resulta paradójico que allí arriba tengan agua y nosotros, a cincuenta metros de la red de distribución, no la tengamos… pero ese es otro tema) A un lado y otro de esta calle hay una hilera de chalets, todos los cuales disfrutan de buena vista sobre esta parte del delta. Es especialmente bonita cuando se ve el conjunto desde la zona más alta, porque se distingue perfectamente la manga de arena donde está el faro que forma el mar interior en el que se cultivan las mejilloneras, las casas de Deltebre, los campos de arroz, la silueta abigarrada de construcciones de l´Ampolla, el mamotreto, imposible de ocultar, en fin, un precioso panorama. El restaurante Can Gillet es uno de esos chalets y sus espacios están muy bien aprovechados. Las mesas están colocadas en la terraza, en el porche interior y en el comedor que se abre a continuación, y también bajo unos altos pinos que hay al lado de la casa y que se utilizan sobre todo a la hora de comer, según nos aclara el dueño. En un bancal inferior han construida una pequeña piscina para uso de los comensales, si lo desean.
La señora habla español aunque aprovecho para practicar un poco el francés, lo que, por lo visto despierta la admiración de la Tere que repetía: “Chica, mírala, !cómo habla¡, eso es nuevo¡, no lo sabíamos¡” y otras exclamaciones exageradas.
El lugar no puede ser más bonito, silencioso, acogedor. Nos enseñan el menú en el que hay ofertas diferentes a las que suelen encontrarse en los restaurantes del pueblo, cosas exóticas como ancas de rana, que por supuesto pide Rafa, o carpaccio de pescado. De segundo hay otras tantas posibilidades. Cada uno elegimos lo que nos apetece y Maru al principio dice que con un plato tendrá bastante, pero al final, exhortada por la Tere en el tono que acostumbra, se toma los dos platos. Tere le aconseja que no coma pan, que es lo que engorda…
Después del segundo plato aparece el marido que es el cocinero. Habla mejor el español que la mujer e inicia una conversación con nosotros que parece no terminarse. Maru, como no entiende, está un poco impaciente, por lo visto, porque ya le había echado un ojo a la carta y se había dado cuenta de que el postre estaba incluido. Le dice por lo bajo a Tere algo relacionado con tal observación pero no tanto como para que no se perciba claramente la palabra “postre”, lo que hace reaccionar al señor que pasa a enumerarnos la variedad de ofertas. Maru pide una gran copa de helado rematada en abundante nata que se toma con fruición. Esta mañana me ha asegurado que, ayudada por media pastilla de almax, no ha tenido ningún problema de digestión...
Cuando ya estábamos terminando la cena descubrimos que hacía su aparición en el horizonte la esperada luna, en forma de una gran bola roja, algo más achatada que ayer. La habíamos acechado impacientes. No nos defraudó, como siempre, y la vimos también con prismáticos, los pequeños pero claros de Maru y otros grandes de Fernando que colocó sobre la balaustrada a modo de mirador fijo y por allí pasaron hasta los franceses, bien admirados de la nueva perspectiva que el cliente les ofrecía. La luna iba ascendiendo por el cielo mientras aclaraba el tono rojo que pasaba a dorado y ganaba en brillo. Dejaba su estela luminosa en el trozo de mar que se distinguía desde allí arriba y a la vez se reflejaba ella misma con toda nitidez en las aguas de una piscina cercana. Fue otro momento “selenita” para el recuerdo.
Continuará…
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