Crónicas de mar y tierra 7
Maru ha madrugado más que yo y ya se ha preparado el desayuno cuando yo bajo. Hoy los mendrugos que se ha puesto como base en el tazón son más macizos que otras veces y enseguida han empapado el café con leche y han adquirido un color oscuro, con el resultado de algo muy poco apetecible, al menos para mí; ella no parece acusar esta impresión. Le sugiero que se eche más líquido a ver si así mejora al menos el aspecto. Paz ya no está, se ha ido al pueblo. Cuando Maru termina el austero refrigerio, duda entre acometer la tarea de subir el doble a otro de los pantalones de la nieta o bajarse a pintar, actividad que, por cierto, ayer no le dio tiempo de practicar. Yo le aconsejo que se baje a pintar hasta las doce, hora en que tiene la intención de recoger a Tere y volver al Arenal a bañarse.
Aprovecho yo la calma de la casa para ir también al pueblo a comprar algunas cosas que ayer se nos olvidaron en la lista. Me cuesta mucho encontrar un sitio donde aparcar y al final lo dejo en lugar prohibido, naturalmente. Ahora está el pueblo lleno de gente, dadas las fechas de fin de semana y principio del mes vacacional por excelencia. Los lugareños estarán contentos, porque hasta ahora no han hecho más que quejarse de que está vacío, que no hacen nada, que no alquilan, todo lo cual quiere decir que los visitantes no gastamos ni les dejamos tantos euros como habían previsto, lo que debe de ser un mal general en estos tiempos. Aparte de que estos mismos razonamientos los llevamos oyendo en este pueblo desde hace años, desde que pretendieron que se convirtiera en un lugar comparable a tantos otros famosos de la costa, cuando su encanto radicaba precisamente en ser diferente.
Al subir me encuentro a Rafa sentado en la terraza tomando el zumo de naranja que se ha servido él solo y descansando de la caminata diaria en su segunda fase, la vuelta desde el pueblo. Hoy hay muchas nubes en el cielo, que no tapan al sol pero que provocan una gran humedad en el ambiente y el consiguiente aplanamiento. Antonio aún no se ha levantado.
Avanza la mañana con tranquilidad. Paz está trabajando en su ordenador, Antonio ha desayunado con la calma y parsimonia requerida para que las cosas salgan bien, Maru pinta en su “estudio”, Rafa está recluido en la habitación, seguramente con el balcón cerrado y la luz del flexo encendida, ambiente propicio a la inspiración que culmina en la creación literaria, esa obra proyectada desde hace tiempo y que esperamos ansiosos.
Sin que oyéramos ningún ruido de coche ni sonido avisador, aparecen en la terraza Alfonso y Lola. Ya casi no contábamos con ellos y, como Jose nos había dicho que no venía, pensábamos que seguiríamos solos. Aparecen cargados de bolsas y una cesta llena de ciruelas amarillas de su terreno aunque nos avisan de que están ya demasiado maduras. Espero que no se las tome todas Maruja, que siempre ha dicho lo mucho que le gusta la fruta madura y lo ha llevado de la teoría a la práctica comprando en la frutería las piezas que ya tenían retiradas por su mal aspecto y sacándolas a la mesa con la advertencia de que son las más dulces, por si teníamos alguna prevención.
En una de las bolsas van ni más ni menos que nueve perdices todavía con las plumas. Lola ha puesto a descongelar su nevera y tenía que sacarlas. Lástima que no tengamos como negocio un restaurante o al menos un catering o que esta casa no sea la de antaño en número de habitantes, porque, como nos las tengamos que comer todas en los siguientes días, vamos a batir el record y no creo que Maru aguantara los tres meses próximos con menú único. Lola se pone diligente a pelarlas en la parte de abajo y luego la nevera se nos llena de cadáveres, como diría Mafalda.
Bajamos a la playa los más adictos, Alfonso, Antonio y yo. Hoy el viento sopla desde el interior del mar hacia la costa y las olas arrastran muchas algas y materias indeterminadas, con un mal aspecto, como si fueran esponjas amarillentas que te topas con las manos al nadar, y las aguas están turbias, como sopa de verduras. A pesar de todo nos bañamos y Alfonso hace sus incursiones al fondo evocando los viejos tiempos en que practicaba submarinismo. Es un tritón de los de primera generación…
La comida de hoy ha suscitado diferencia de opiniones en cuanto a su valoración. De un lado Rafa y del otro todos los demás. Hemos cocido unas judías verdes con patatas, de esas redonditas, finas, blandas como la mantequilla, a las que precedía un gazpacho bien sabroso y seguían unos filetes de pechuga de pollo. Rafa opina que el “bullidet” es propio de la cena, no tiene categoría de plato de al medio día, no es que sean malas, pero son… simples, y claro, si le sigue pollo pues es una comida “de segunda”. Últimamente está un poco rebelde este Rafa, con exigencias gastronómicas como la de no mezclar ciertos alimentos con otros, por ejemplo el arroz es el rey y se toma solo, con todos los honores, nada de acompañamiento de otros productos, cosa que lo hace desmerecer. En fin la otra sección, que somos todos los demás, estamos encantado con el plato de judías verdes rociado con un buen chorro de aceite de oliva virgen extra, comprado por cierto en el mercado de Amposta a un cosechero de Freginals, o bien con mayonesa, a gusto.
La tarde va transcurriendo sin novedades, la siesta, lectura, ordenador. Alfonso y Lola y Maru se van con Juan el Cotit y Leonor a ver la casa en construcción de Pedro, en la urbanización de Cap Roig, que le está quedando muy bien. Luego Antonio, nuestro recién estrenado chófer, lleva a Maru a misa en el viejo Fiesta y constata lo cacharro que está el cochecito, con marchas que no sabes si entran o salen, piezas desvencijadas, en fin que salvo el motor, que es como un corazón robusto que en alguien mayor sigue latiendo a pesar de otros achaques, el resto deja bastante que desear y más para Antonio, que ahora busca coche para comprarse pero a partir del audi. Más mérito le concedemos al nuevo conductor.
Nosotros, Alfonso y Lola y Rafa y yo, bajamos luego con el mondeo al pueblo, paseamos por el pequeño mercadito de artesanía que los sábados por la tarde ponen en la plaza del pozo y aledaños, caemos Lola y yo en la tentación de comprar sendos abalorios, y luego recogemos a Maru a la salida de la Iglesia para irnos hasta el hotel Delta, en Deltebre, a estudiar el terreno donde se celebrará el evento del 28 de agosto, si la salud de la tía Pili lo permite. El hotel es muy agradable y la gente que te atiende también. Para que la experiencia sea más completa y probemos las mesas y el servicio, lo mejor es quedarse a cenar allí mismo, en una mesa redonda por cierto. Pedimos unas ricas raciones con el broche de oro de postres caseros que, por cierto, se hacen de esperar. La generosidad de Alfonso, que se levanta de la mesa como si fuera al servicio y lo que hace es pagar la cuenta, aún hace más grata la velada… y nos volvemos en la noche cerrada a casa. Aquí encontramos a Antonio instalado en la sala de usos múltiples, el salón de la casa, viendo una película en la magnífica pantalla que se ha instalado y que se puede comparar a la de cualquier sala de proyección. ¡Vaya lujo¡ Todavía nos quedamos a una nueva sesión con una película americana de esas distraídas pero algunos no resistimos verla completa porque el sueño nos vence.
Continuara….
lunes, 2 de agosto de 2010
cronicas de mar y tierra 6
Crónicas de mar y tierra 6
Nos reímos con la pequeña Marina, la segunda hija de Blanca, que en cuanto la traen a casa de sus abuelos, se pasa inmediatamente a vernos y nos divierte con su media lengua porque es muy comunicativa. Todos los demás entran a la terraza y a la casa como Pedro por su casa pero ella nos hace especial gracia a sus dos años casi tres. Ayer le preguntó a Antonio, con el que se lleva estupendamente: “¿estás cholito?” ¿po qué s´ han ido todos?”. Hoy ha venido con su osito de peluche y nos ha contado que “está malito, tiene pupa” y a continuación nos aclara, como si fuera un doctor en medicina en el ejercicio práctico de su profesión: “Tiene otitis”, al tiempo que señalaba sus grandes orejas. Nos ha dado la risa, porque lo ha dicho con toda claridad, no cabía confusión posible.
Esta mañana ha transcurrido dentro de la rutina más absoluta. Maru ha cambiado su actividad artística de la pintura por la más prosaica del arreglo de unos pantalones, trabajo que le ha traído Paz desde Madrid, aprovechando su venida. Ha comprado tres piezas en las rebajas y había que subirles el bajo, tarea que Maru hace de maravilla, lo sé por experiencia propia. No lo ha dejado para más adelante, se ha puesto diligente a ello hasta casi terminarlo. A las doce ha interrumpido para marcharse a la playa. Ha llamado a su amiga Tere, la ha recogido, y en su coche, cargado con los sillones plegables y la sombrilla, se han ido hasta el Arenal. Me he quedado con la mala conciencia de que tenía que haberlas acompañado. Me consuela solo el dato de que si la Dirección General de Tráfico le ha renovado el carnet de conducir, ellos sabrán, claro, aparte de que, cuando digo que me puedo ir con ellas, se revuelve todavía muy orgullosa diciendo que aún no es una inútil, que la dejemos.
Luego me ha contado Tere por teléfono que, una vez en la orilla, ella ha empezado a hacer los preparativos para clavar la sombrilla en la arena. Enseguida un señor extranjero, alto y fuerte se ha presentado para ayudarlas y la ha colocado con menor esfuerzo y mayor fiabilidad. También me ha dicho que, cuando se han metido en el agua, las dos de la mano, con el paso inestable pero resueltas, había allí cerca una señora joven que no les quitaba ojo y ha estado atenta hasta que han salido. Imagino que la buena señora estaría pensando o bien que eran dos mujeres sin hijas o que, si las tenían, eran unas egoístas de tomo y lomo además de tranquilas. Lo malo es que no les falta razón…
Yo me he bajado con Antonio y Paz al Baconé. Hoy ha sido el baño más grato de la temporada porque el agua estaba extremadamente clara, como raras veces la vemos. Mi tritón acompañante y yo nos hemos lanzado, gafas y tubo en ristre y él además aletas, a nadar el trayecto habitual, hasta el final de cala María. El fondo del mar se veía con nitidez, lo que, por cierto da lugar a consideraciones mentales mientras avanzas, como que estamos dejando las costas esquilmadas, que ya no se ven más que peces medianos o pequeños mimetizados con el color pardo de los fondos, rocas amorfas en las que no se encuentra rastro de vida, ni un cangrejo, ni un erizo, ni pulpos, ni caracoles, ni lapas, nada de lo que en otro tiempo nosotros mismos hemos podido ver. Cada año lo encuentro más vacío y carente de interés. Nos paramos en medio del trayecto, frente a los acantilados, de pie en la roca desde donde el panorama del Montsiá y la silueta de las casas del pueblo, sigue siendo precioso, como el color rojo intenso de la costa que contrasta con los distintos verdes de los pinos y matorrales de la superficie.
La conversación con Hilde y Hans, en cambio, siempre repetida en los temas, no varía año tras año, aunque en este verano aprovecho para intercalar alguna frase o palabra en alemán y que se noten los progresos realizados durante el curso con tan buena profesora como la que he tenido.
La noticia inquietante que hemos recibido al medio día de Carmen Alamillo es que a su madre, la tía Pili, la han internado con fuerte dolor en la pierna. Por la noche hablamos con Elena pero no nos aporta nada nuevo, que le están haciendo pruebas, que todo hace indicar que es una trombosis y que ya ha acudido Antonio que tomará parte responsable en el proceso. Ella suspira por volver a casa, la pobre.
Por la tarde decidimos hacer algo que no nos aparta del guión de los días precedentes, ir a Perales a última hora a llenarnos los ojos del mar y en esta ocasión el estómago de mejillones, esos pequeños y sabrosos moluscos de la zona, tan apreciados por todos nosotros, que sólo se comen aquí y que tienen la propiedad de que se revalorizan por sí solos, es decir, con cocerlos al vapor, sin añadir nada, nos saben a gloria. Antonio ha dicho que se queda porque va a correr por la costa, que tal vez se reúna con nosotros. Cuando estamos allí sentados me parece ver un punto blanco moviéndose a la salida del mamotreto, entrando ya en la parte alta de Cap Roig. Como Maru no va a ningún sitio sin sus pequeños pero estupendos prismáticos, me acerco un poco a la costa para asegurarme, mirando a través de ellos, y en efecto, es Antonio el que corre como un gamo por el caminito. Yo anuncio que puede estar junto a nosotros en pocos minutos y Rafa con sus ocurrencias habituales nos exhorta a terminarnos antes los mejillones… pero al final no viene, se da la vuelta.
El día termina de la mejor manera porque Antonio nos ha preparado una magnífica pantalla que en nada desmerece de la de un cine de pago, para cuya preparación ha planchado, incluso, una sábana. Antes ha tenido que preguntar si hay plancha y dónde está porque es un electrodoméstico un tanto obsoleto y si no, véanse las camisas que lleva Rafa. Lo cierto es que queda todo preparado a la perfección para ver la película Tierra, ese maravilloso documental.
Continuara….
Nos reímos con la pequeña Marina, la segunda hija de Blanca, que en cuanto la traen a casa de sus abuelos, se pasa inmediatamente a vernos y nos divierte con su media lengua porque es muy comunicativa. Todos los demás entran a la terraza y a la casa como Pedro por su casa pero ella nos hace especial gracia a sus dos años casi tres. Ayer le preguntó a Antonio, con el que se lleva estupendamente: “¿estás cholito?” ¿po qué s´ han ido todos?”. Hoy ha venido con su osito de peluche y nos ha contado que “está malito, tiene pupa” y a continuación nos aclara, como si fuera un doctor en medicina en el ejercicio práctico de su profesión: “Tiene otitis”, al tiempo que señalaba sus grandes orejas. Nos ha dado la risa, porque lo ha dicho con toda claridad, no cabía confusión posible.
Esta mañana ha transcurrido dentro de la rutina más absoluta. Maru ha cambiado su actividad artística de la pintura por la más prosaica del arreglo de unos pantalones, trabajo que le ha traído Paz desde Madrid, aprovechando su venida. Ha comprado tres piezas en las rebajas y había que subirles el bajo, tarea que Maru hace de maravilla, lo sé por experiencia propia. No lo ha dejado para más adelante, se ha puesto diligente a ello hasta casi terminarlo. A las doce ha interrumpido para marcharse a la playa. Ha llamado a su amiga Tere, la ha recogido, y en su coche, cargado con los sillones plegables y la sombrilla, se han ido hasta el Arenal. Me he quedado con la mala conciencia de que tenía que haberlas acompañado. Me consuela solo el dato de que si la Dirección General de Tráfico le ha renovado el carnet de conducir, ellos sabrán, claro, aparte de que, cuando digo que me puedo ir con ellas, se revuelve todavía muy orgullosa diciendo que aún no es una inútil, que la dejemos.
Luego me ha contado Tere por teléfono que, una vez en la orilla, ella ha empezado a hacer los preparativos para clavar la sombrilla en la arena. Enseguida un señor extranjero, alto y fuerte se ha presentado para ayudarlas y la ha colocado con menor esfuerzo y mayor fiabilidad. También me ha dicho que, cuando se han metido en el agua, las dos de la mano, con el paso inestable pero resueltas, había allí cerca una señora joven que no les quitaba ojo y ha estado atenta hasta que han salido. Imagino que la buena señora estaría pensando o bien que eran dos mujeres sin hijas o que, si las tenían, eran unas egoístas de tomo y lomo además de tranquilas. Lo malo es que no les falta razón…
Yo me he bajado con Antonio y Paz al Baconé. Hoy ha sido el baño más grato de la temporada porque el agua estaba extremadamente clara, como raras veces la vemos. Mi tritón acompañante y yo nos hemos lanzado, gafas y tubo en ristre y él además aletas, a nadar el trayecto habitual, hasta el final de cala María. El fondo del mar se veía con nitidez, lo que, por cierto da lugar a consideraciones mentales mientras avanzas, como que estamos dejando las costas esquilmadas, que ya no se ven más que peces medianos o pequeños mimetizados con el color pardo de los fondos, rocas amorfas en las que no se encuentra rastro de vida, ni un cangrejo, ni un erizo, ni pulpos, ni caracoles, ni lapas, nada de lo que en otro tiempo nosotros mismos hemos podido ver. Cada año lo encuentro más vacío y carente de interés. Nos paramos en medio del trayecto, frente a los acantilados, de pie en la roca desde donde el panorama del Montsiá y la silueta de las casas del pueblo, sigue siendo precioso, como el color rojo intenso de la costa que contrasta con los distintos verdes de los pinos y matorrales de la superficie.
La conversación con Hilde y Hans, en cambio, siempre repetida en los temas, no varía año tras año, aunque en este verano aprovecho para intercalar alguna frase o palabra en alemán y que se noten los progresos realizados durante el curso con tan buena profesora como la que he tenido.
La noticia inquietante que hemos recibido al medio día de Carmen Alamillo es que a su madre, la tía Pili, la han internado con fuerte dolor en la pierna. Por la noche hablamos con Elena pero no nos aporta nada nuevo, que le están haciendo pruebas, que todo hace indicar que es una trombosis y que ya ha acudido Antonio que tomará parte responsable en el proceso. Ella suspira por volver a casa, la pobre.
Por la tarde decidimos hacer algo que no nos aparta del guión de los días precedentes, ir a Perales a última hora a llenarnos los ojos del mar y en esta ocasión el estómago de mejillones, esos pequeños y sabrosos moluscos de la zona, tan apreciados por todos nosotros, que sólo se comen aquí y que tienen la propiedad de que se revalorizan por sí solos, es decir, con cocerlos al vapor, sin añadir nada, nos saben a gloria. Antonio ha dicho que se queda porque va a correr por la costa, que tal vez se reúna con nosotros. Cuando estamos allí sentados me parece ver un punto blanco moviéndose a la salida del mamotreto, entrando ya en la parte alta de Cap Roig. Como Maru no va a ningún sitio sin sus pequeños pero estupendos prismáticos, me acerco un poco a la costa para asegurarme, mirando a través de ellos, y en efecto, es Antonio el que corre como un gamo por el caminito. Yo anuncio que puede estar junto a nosotros en pocos minutos y Rafa con sus ocurrencias habituales nos exhorta a terminarnos antes los mejillones… pero al final no viene, se da la vuelta.
El día termina de la mejor manera porque Antonio nos ha preparado una magnífica pantalla que en nada desmerece de la de un cine de pago, para cuya preparación ha planchado, incluso, una sábana. Antes ha tenido que preguntar si hay plancha y dónde está porque es un electrodoméstico un tanto obsoleto y si no, véanse las camisas que lleva Rafa. Lo cierto es que queda todo preparado a la perfección para ver la película Tierra, ese maravilloso documental.
Continuara….
cronicas de mar y tierra 5
Crónicas de mar y tierra 5
La pesada digestión que provocaba ardores desacostumbrados, el enorme calor de la noche y especialmente los mosquitos, pequeños pero aguerridos y cabrones donde los haya, que entran al amanecer por el balcón que el calor nos obliga a mantener algo abierto, todo unido han hecho de esta noche un tiempo para olvidar. Parece que sólo a mí, porque Maru se ha levantado tan contenta y satisfecha como siempre. Dice que a ella no le pican los mosquitos y añade que está convencida que no les gusta la piel de los ancianos. Me tomo la sentencia por la parte positiva que me atañe, es decir, debo de ser aún joven en contra de lo que dice mi carnet de identidad y los servicios sociales del Estado, porque a mí me han acribillado.
Ayer expresaron los sobrinos las ganas de una paella y la Tere, que aún tiene la vitalidad y las ganas, se ofreció a hacerla, siempre que “le preparen la leña porque el fuego es muy importante”. Quedamos de manera imprecisa, como suele ocurrir, que al día siguiente nos llamaríamos. Maru se levanta pronto y después toma ese desayuno tan característico, más propio de la postguerra, del tazón lleno de mendrugos de pan duro sobre los que derrama la leche, por supuesto entera porque las modernas le saben a agua, y sobre él echa un chorro de café que tampoco se sabe muy bien cuántos días lleva hecho porque aquí somos muy poco cafeteros, lo mete en el microondas y se lo toma tan a gusto. Para “empujar” el contenido del tazón, se toma a continuación dos o tres tostadas, elegidas entre las más quemadas, rociadas con un buen chorro de aceite y a continuación el azúcar y ya tiene marcha para la mañana. Luego se baja a pintar a su estudio. El cuadro avanza rápidamente y habrá que pensar en el siguiente motivo a copiar. Hoy ha subido antes, hacia las once, sabiendo que tenía que buscar a la Tere para comprar los ingredientes de la paella. Antonio y Fernando y Paloma deciden irse a la Punta de l´Aliga y me invitan a acompañarles, pero decido quedarme con Maru.
Llamamos a Tere que ya está lista y esperando la llamada y digo a Maru que nos vamos las dos, que la acompaño. Me replica que ella sola puede ir perfectamente pero cede y naturalmente cogemos mi coche. No quisiera protegerla en exceso, es verdad, a ver si se acobarda y luego no quiere coger el suyo. Le ofrezco la posibilidad de ir a La Cava, donde, según la Tere y la Mayte, el mercadillo de los jueves es enorme y se compra buena fruta mucho más barata. Como hace días que le ronda por la cabeza comprarse unos zapatos, sandalias o zapatillas, vacila un momento y dice por fin: “Bueno, sí, no me importa”.
Así que su “Fiesta” sigue debajo del algarrobo, con una batería nueva que a este paso se le descarga antes de usarla, y utilizamos el Focus para recoger a Tere que ya aguarda en la calle, ajena al propósito que teníamos nosotras de continuar a la Cava, pero al que se suma sin rechistar. La verdad es que ha resultado una iniciativa poco acertada porque el calor enorme, el gentío, la angostura del espacio para circular, poca oferta en los precios de las frutas, como pensábamos, no encontrar sitio cercano para aparcar, son circunstancias que todas juntas acaban agobiando. Maru, en efecto, se compra dos pares de birrias sin probar ni nada similar, yo creo que las elige por la facilidad del material para ser cortado, estirado, añadido y adaptado a sus pobres y deteriorados pies. Al menos son baratos. Yo también me compro una bata larga, así sin mirarla, seguramente como una justificación inconsciente de la excursión y por cierto con una curiosa anécdota. Pago con un billete de 20 euros y me devuelven dos monedas hasta los cinco y luego, precipitada como soy para todo, nos vamos al paso lento. Enseguida oímos unas voces con acento árabe que gritan “Siñora, Siñora”. No nos damos por aludidas y las voces siguen cada vez más fuerte y en un momento dado veo a un morito que viene tras nosotras. Entonces le digo a Tere que creo que la llaman y ella se vuelve hacia el chico que sin embargo se dirige a mí. Le acompaño hasta el puesto que hemos dejado atrás, donde me había comprado el vestido, y encuentro a un árabe de una edad indefinida pero no joven, con 15 euros en la mano que dice son míos y añade que a cada uno lo que le corresponde. Le doy las gracias efusivamente y me alegro de que, gracias a la honradez del moro, el modelito no me haya costado el dineral que por mi mala cabeza habría perdido.
El tiempo pasa y ya se hace tarde. Emprendemos la vuelta a toda la velocidad que permiten esas carreteras, rodeadas de los maravillosos campos de arroz, con ese verde intenso, con matices según las parcelas, que llenan la vista y apaciguan el alma. Todavía hay que comprar la carne de la paella en la Elisenda y llegamos a casa al mismo tiempo que los jóvenes. A partir de ahí empieza la frenética actividad de la preparación: fregar de nuevo la paella para evitar las críticas de la maestra de ceremonias, propósito casi imposible, agrupar el aceite, la sal, rallar el tomate en la cocina, cortar las judías verdes, dejar limpios los trozos de carne y sacar el paquete de arroz. La novedad de este año es que estrenamos el paellero nuevo que Juan ha hecho al lado de nuestra casa, al que, por cierto, Tere le saca defectos. Tras ciertas dificultades para que el fuego prenda, que se solucionan echando un líquido especial a las brasas que aviva inmediatamente el fuego, la paella llega a buen fin y nos la comemos tan a gusto como siempre, haciéndole los cumplidos de rigor a la cocinera que se da por satisfecha. Al final de la comida llega Paz que ha salido de Madrid hacia las 10 pero está cansada, como nos ocurre siempre que hacemos tan largo viaje.
Cuando ya nos disponíamos cada uno de los habituales a retirarnos a nuestros correspondientes lugares para echarnos una siesta, -¡ese gran momento de las jornadas veraniegas!- se presenta Mª Antonia y su hijo Fausto, la hija y nieto de la Tere, que, sin haber avisado antes a su madre, vienen a pasar con ella unos días. Rafa ha conseguido escapar antes y también Antonio y la pareja, pero Maru, Paz y yo nos vemos obligadas a la tertulia sin escape posible. Tere y Maru, sentadas cada una en una mecedora, no pueden evitar al cabo de muy poco rato quedarse dormidas, ajenas a la conversación, las dos con las caras hacia arriba, la boca entreabierta, la postura relajada, ofreciendo un aspecto poco estético a los demás pero disfrutando del merecido descanso.
La tarde termina yéndonos Maru, Paz, Rafa y yo a Capelo, a tomar un refresco en el chiringuito del amigo, mirando el mar que está azul cuando llegamos y se vuelve gris marengo, con las últimas luces de la tarde.
Continuará….
La pesada digestión que provocaba ardores desacostumbrados, el enorme calor de la noche y especialmente los mosquitos, pequeños pero aguerridos y cabrones donde los haya, que entran al amanecer por el balcón que el calor nos obliga a mantener algo abierto, todo unido han hecho de esta noche un tiempo para olvidar. Parece que sólo a mí, porque Maru se ha levantado tan contenta y satisfecha como siempre. Dice que a ella no le pican los mosquitos y añade que está convencida que no les gusta la piel de los ancianos. Me tomo la sentencia por la parte positiva que me atañe, es decir, debo de ser aún joven en contra de lo que dice mi carnet de identidad y los servicios sociales del Estado, porque a mí me han acribillado.
Ayer expresaron los sobrinos las ganas de una paella y la Tere, que aún tiene la vitalidad y las ganas, se ofreció a hacerla, siempre que “le preparen la leña porque el fuego es muy importante”. Quedamos de manera imprecisa, como suele ocurrir, que al día siguiente nos llamaríamos. Maru se levanta pronto y después toma ese desayuno tan característico, más propio de la postguerra, del tazón lleno de mendrugos de pan duro sobre los que derrama la leche, por supuesto entera porque las modernas le saben a agua, y sobre él echa un chorro de café que tampoco se sabe muy bien cuántos días lleva hecho porque aquí somos muy poco cafeteros, lo mete en el microondas y se lo toma tan a gusto. Para “empujar” el contenido del tazón, se toma a continuación dos o tres tostadas, elegidas entre las más quemadas, rociadas con un buen chorro de aceite y a continuación el azúcar y ya tiene marcha para la mañana. Luego se baja a pintar a su estudio. El cuadro avanza rápidamente y habrá que pensar en el siguiente motivo a copiar. Hoy ha subido antes, hacia las once, sabiendo que tenía que buscar a la Tere para comprar los ingredientes de la paella. Antonio y Fernando y Paloma deciden irse a la Punta de l´Aliga y me invitan a acompañarles, pero decido quedarme con Maru.
Llamamos a Tere que ya está lista y esperando la llamada y digo a Maru que nos vamos las dos, que la acompaño. Me replica que ella sola puede ir perfectamente pero cede y naturalmente cogemos mi coche. No quisiera protegerla en exceso, es verdad, a ver si se acobarda y luego no quiere coger el suyo. Le ofrezco la posibilidad de ir a La Cava, donde, según la Tere y la Mayte, el mercadillo de los jueves es enorme y se compra buena fruta mucho más barata. Como hace días que le ronda por la cabeza comprarse unos zapatos, sandalias o zapatillas, vacila un momento y dice por fin: “Bueno, sí, no me importa”.
Así que su “Fiesta” sigue debajo del algarrobo, con una batería nueva que a este paso se le descarga antes de usarla, y utilizamos el Focus para recoger a Tere que ya aguarda en la calle, ajena al propósito que teníamos nosotras de continuar a la Cava, pero al que se suma sin rechistar. La verdad es que ha resultado una iniciativa poco acertada porque el calor enorme, el gentío, la angostura del espacio para circular, poca oferta en los precios de las frutas, como pensábamos, no encontrar sitio cercano para aparcar, son circunstancias que todas juntas acaban agobiando. Maru, en efecto, se compra dos pares de birrias sin probar ni nada similar, yo creo que las elige por la facilidad del material para ser cortado, estirado, añadido y adaptado a sus pobres y deteriorados pies. Al menos son baratos. Yo también me compro una bata larga, así sin mirarla, seguramente como una justificación inconsciente de la excursión y por cierto con una curiosa anécdota. Pago con un billete de 20 euros y me devuelven dos monedas hasta los cinco y luego, precipitada como soy para todo, nos vamos al paso lento. Enseguida oímos unas voces con acento árabe que gritan “Siñora, Siñora”. No nos damos por aludidas y las voces siguen cada vez más fuerte y en un momento dado veo a un morito que viene tras nosotras. Entonces le digo a Tere que creo que la llaman y ella se vuelve hacia el chico que sin embargo se dirige a mí. Le acompaño hasta el puesto que hemos dejado atrás, donde me había comprado el vestido, y encuentro a un árabe de una edad indefinida pero no joven, con 15 euros en la mano que dice son míos y añade que a cada uno lo que le corresponde. Le doy las gracias efusivamente y me alegro de que, gracias a la honradez del moro, el modelito no me haya costado el dineral que por mi mala cabeza habría perdido.
El tiempo pasa y ya se hace tarde. Emprendemos la vuelta a toda la velocidad que permiten esas carreteras, rodeadas de los maravillosos campos de arroz, con ese verde intenso, con matices según las parcelas, que llenan la vista y apaciguan el alma. Todavía hay que comprar la carne de la paella en la Elisenda y llegamos a casa al mismo tiempo que los jóvenes. A partir de ahí empieza la frenética actividad de la preparación: fregar de nuevo la paella para evitar las críticas de la maestra de ceremonias, propósito casi imposible, agrupar el aceite, la sal, rallar el tomate en la cocina, cortar las judías verdes, dejar limpios los trozos de carne y sacar el paquete de arroz. La novedad de este año es que estrenamos el paellero nuevo que Juan ha hecho al lado de nuestra casa, al que, por cierto, Tere le saca defectos. Tras ciertas dificultades para que el fuego prenda, que se solucionan echando un líquido especial a las brasas que aviva inmediatamente el fuego, la paella llega a buen fin y nos la comemos tan a gusto como siempre, haciéndole los cumplidos de rigor a la cocinera que se da por satisfecha. Al final de la comida llega Paz que ha salido de Madrid hacia las 10 pero está cansada, como nos ocurre siempre que hacemos tan largo viaje.
Cuando ya nos disponíamos cada uno de los habituales a retirarnos a nuestros correspondientes lugares para echarnos una siesta, -¡ese gran momento de las jornadas veraniegas!- se presenta Mª Antonia y su hijo Fausto, la hija y nieto de la Tere, que, sin haber avisado antes a su madre, vienen a pasar con ella unos días. Rafa ha conseguido escapar antes y también Antonio y la pareja, pero Maru, Paz y yo nos vemos obligadas a la tertulia sin escape posible. Tere y Maru, sentadas cada una en una mecedora, no pueden evitar al cabo de muy poco rato quedarse dormidas, ajenas a la conversación, las dos con las caras hacia arriba, la boca entreabierta, la postura relajada, ofreciendo un aspecto poco estético a los demás pero disfrutando del merecido descanso.
La tarde termina yéndonos Maru, Paz, Rafa y yo a Capelo, a tomar un refresco en el chiringuito del amigo, mirando el mar que está azul cuando llegamos y se vuelve gris marengo, con las últimas luces de la tarde.
Continuará….
Crónicas de mar y tierra 4
Me he despertado muy pronto, a las 7 de la mañana, hora en que Rafa suele iniciar su aseo, poco antes de salir para su paseo matutino hasta el pueblo. He salido a la terraza y me he visto inmersa en uno de esos momentos mágicos en la naturaleza. El sol despuntaba por el este, llenando de luz dorada el ambiente mientras que por el oeste la luna, blanca y todavía brillante, aún se enseñoreaba en el cielo azul de la mañana. El mar estaba azul y calmado, se distinguía muy bien la línea blanca del Fangar. Reinaba el silencio y sobre las montañas que, a modo de telón de fondo completan el escenario, los molinos de viento movían acompasadamente sus aspas. He tenido la impresión de no estar sola y, cuando ya volvía a la habitación, levanto la vista hacia la terraza de arriba y me encuentro la cabeza del Yeti, el gato blanco de Fernando, metida entre los barrotes que me miraba fijamente. No he sido capaz de desentrañar el pensamiento del felino a través de su inexpresivo careto inmóvil así que no me atrevo ni a conjeturarlo. He querido inmortalizarlo en una foto, pero cuando he vuelto con la cámara, había desaparecido.
Estoy contenta con el coche nuevo, es inteligente y adivina que quiero entrar y se abre sin la llave y hace otras proezas electrónicas todas ellas dignas de admiración pero… no reposta solo, hay que llevarlo a la gasolinera y meterle el alimento y pagar. Ya le hacía falta, así que esta mañana, con la cámara en ristre, he ido a recoger a Rafa que tomaba su café y croissant como todos los días en la misma mesa de la terraza del hotel La Roca Plana, donde es ya un personaje conocido y saludado, y nos hemos ido hasta la gasolinera del Arenal. Luego teníamos que ir a Caja Madrid, en l´Aldea pero ya llevaba yo la intención de hacer el trayecto a través de los arrozales, descubriendo caminos nuevos, como si fuera Maite Soler, y evitando a la vez el horrible trayecto de la 340. Y no nos defrauda el paseo porque pasamos por lugares nuevos y bonitos, entre el verde brillante de los campos de arroz que forman un gran tapiz, salpicado por pequeñas casitas de labradores a cuya vera se levanta generalmente un árbol frondoso. Veo una indicación que señala la ermita y allí nos dirigimos. Junto a ella se levanta una torre redonda cuyo basamento data de principios del siglo XII y el resto está fielmente, -parece-, reconstruido, rematado en pequeñas almenas. Se levanta sobre un solar acotado que contiene unas ruinas de época árabe. El edificio al que está pegada la remozada ermita, es una casona de bella fachada, iluminada a esta hora por el sol que la ennoblece aún más. Enfrente se ve una antigua noria de piedra situada en el claro de un pequeño bosque de árboles no muy altos. Ha sido una bonita incursión en una zona que creíamos muy conocida.
Hoy los jóvenes deciden ir a Capelo pero yo prefiero bajarme al Baconé para darme un baño. El mar está algo revuelto y la temperatura del agua es muy agradable. Entro en el mar con el cuidado con que lo hacemos siempre y un poco más adentro distingo de nuevo la medusa de cada día flotando en las aguas. Decididamente es la medusa del Baconé, parece que le gusta la zona. Habrá que familiarizarse con ella y lo que es más práctico todavía, aprender a esquivarla. En la confianza de que es una aventurera que le gusta viajar sola, como a mi hijo Juan, por ejemplo, y que no voy a encontrar ninguna más, me lanzo a nadar con intención de no recorrer largo trecho pero poco a poco sigo avanzando y llego a lo que llamamos Antonio y yo “área de servicio”, la roca que ocupa una gran extensión, donde se hace pie y permite descansar un poco e incluso ir andando sobre ella. Hoy veo muchos peces, más y menos grandes y sobre todo numerosos bancos de los más pequeños. Ni rastro de más medusas. Animada por el reconfortante ejercicio de nadar viendo el fondo, decido seguir hasta la punta de Cala María, con este espíritu temerario que a veces me anima y que me recuerda a mi amiga Pilar cuando dice que “somos mujeres amazonas”, comparándonos con las míticas guerreras. En este caso me falta el caballo.
En el recorrido solamente me cruzo con un barco de recreo, anclado allí cerca, y con un submarinista que intenta pescar en las rocas y que entra y sale sin moverse del mismo lugar. Llego hasta la meta, la punta extrema y contemplo el panorama, que, como siempre, encuentro precioso. En la playa de Cala María hay alguna persona y dos perros corretean por ella. La vuelta, en contra del viento, se me hace larga y me canso más de lo previsto, pero sin alarmarse. Hoy tampoco están los alemanes en el Baconé; creo que han acompañado a su hijo Lust y la familia al aeropuerto de vuelta a Alemania. Por fin descansará Hilde, que se queja del mucho trabajo que le ocasionan y tomará fuerza para afrontar la llegada del otro mellizo, dentro de cuatro días. Lo sé porque me lo cuenta todos los días que nos encontramos, cuando no conseguimos esquivarla, así como al resto de las personas que quedan a su alcance. Es capaz, incluso, de renunciar al baño por el gusto de contarlo de nuevo.
Esta tarde tenemos un plan novedoso: vamos a ir a cenar a un restaurante francés que está en la montaña. Ayer he llamado por teléfono para reservar y Rafa y yo tenemos la intención de invitar a los sobrinos y a Maru y Tere como celebración de nuestro aniversario de boda, que este año alcanza una cifra redonda, treinta y cinco años. Este paraje, que pertenece al Perelló, consiste en una calle bien asfaltada, flanqueada de farolas, que sube en pronunciada cuesta hasta una zona alta donde se forma una rotonda en torno al depósito de distribución de agua corriente. (Resulta paradójico que allí arriba tengan agua y nosotros, a cincuenta metros de la red de distribución, no la tengamos… pero ese es otro tema) A un lado y otro de esta calle hay una hilera de chalets, todos los cuales disfrutan de buena vista sobre esta parte del delta. Es especialmente bonita cuando se ve el conjunto desde la zona más alta, porque se distingue perfectamente la manga de arena donde está el faro que forma el mar interior en el que se cultivan las mejilloneras, las casas de Deltebre, los campos de arroz, la silueta abigarrada de construcciones de l´Ampolla, el mamotreto, imposible de ocultar, en fin, un precioso panorama. El restaurante Can Gillet es uno de esos chalets y sus espacios están muy bien aprovechados. Las mesas están colocadas en la terraza, en el porche interior y en el comedor que se abre a continuación, y también bajo unos altos pinos que hay al lado de la casa y que se utilizan sobre todo a la hora de comer, según nos aclara el dueño. En un bancal inferior han construida una pequeña piscina para uso de los comensales, si lo desean.
La señora habla español aunque aprovecho para practicar un poco el francés, lo que, por lo visto despierta la admiración de la Tere que repetía: “Chica, mírala, !cómo habla¡, eso es nuevo¡, no lo sabíamos¡” y otras exclamaciones exageradas.
El lugar no puede ser más bonito, silencioso, acogedor. Nos enseñan el menú en el que hay ofertas diferentes a las que suelen encontrarse en los restaurantes del pueblo, cosas exóticas como ancas de rana, que por supuesto pide Rafa, o carpaccio de pescado. De segundo hay otras tantas posibilidades. Cada uno elegimos lo que nos apetece y Maru al principio dice que con un plato tendrá bastante, pero al final, exhortada por la Tere en el tono que acostumbra, se toma los dos platos. Tere le aconseja que no coma pan, que es lo que engorda…
Después del segundo plato aparece el marido que es el cocinero. Habla mejor el español que la mujer e inicia una conversación con nosotros que parece no terminarse. Maru, como no entiende, está un poco impaciente, por lo visto, porque ya le había echado un ojo a la carta y se había dado cuenta de que el postre estaba incluido. Le dice por lo bajo a Tere algo relacionado con tal observación pero no tanto como para que no se perciba claramente la palabra “postre”, lo que hace reaccionar al señor que pasa a enumerarnos la variedad de ofertas. Maru pide una gran copa de helado rematada en abundante nata que se toma con fruición. Esta mañana me ha asegurado que, ayudada por media pastilla de almax, no ha tenido ningún problema de digestión...
Cuando ya estábamos terminando la cena descubrimos que hacía su aparición en el horizonte la esperada luna, en forma de una gran bola roja, algo más achatada que ayer. La habíamos acechado impacientes. No nos defraudó, como siempre, y la vimos también con prismáticos, los pequeños pero claros de Maru y otros grandes de Fernando que colocó sobre la balaustrada a modo de mirador fijo y por allí pasaron hasta los franceses, bien admirados de la nueva perspectiva que el cliente les ofrecía. La luna iba ascendiendo por el cielo mientras aclaraba el tono rojo que pasaba a dorado y ganaba en brillo. Dejaba su estela luminosa en el trozo de mar que se distinguía desde allí arriba y a la vez se reflejaba ella misma con toda nitidez en las aguas de una piscina cercana. Fue otro momento “selenita” para el recuerdo.
Continuará…
Me he despertado muy pronto, a las 7 de la mañana, hora en que Rafa suele iniciar su aseo, poco antes de salir para su paseo matutino hasta el pueblo. He salido a la terraza y me he visto inmersa en uno de esos momentos mágicos en la naturaleza. El sol despuntaba por el este, llenando de luz dorada el ambiente mientras que por el oeste la luna, blanca y todavía brillante, aún se enseñoreaba en el cielo azul de la mañana. El mar estaba azul y calmado, se distinguía muy bien la línea blanca del Fangar. Reinaba el silencio y sobre las montañas que, a modo de telón de fondo completan el escenario, los molinos de viento movían acompasadamente sus aspas. He tenido la impresión de no estar sola y, cuando ya volvía a la habitación, levanto la vista hacia la terraza de arriba y me encuentro la cabeza del Yeti, el gato blanco de Fernando, metida entre los barrotes que me miraba fijamente. No he sido capaz de desentrañar el pensamiento del felino a través de su inexpresivo careto inmóvil así que no me atrevo ni a conjeturarlo. He querido inmortalizarlo en una foto, pero cuando he vuelto con la cámara, había desaparecido.
Estoy contenta con el coche nuevo, es inteligente y adivina que quiero entrar y se abre sin la llave y hace otras proezas electrónicas todas ellas dignas de admiración pero… no reposta solo, hay que llevarlo a la gasolinera y meterle el alimento y pagar. Ya le hacía falta, así que esta mañana, con la cámara en ristre, he ido a recoger a Rafa que tomaba su café y croissant como todos los días en la misma mesa de la terraza del hotel La Roca Plana, donde es ya un personaje conocido y saludado, y nos hemos ido hasta la gasolinera del Arenal. Luego teníamos que ir a Caja Madrid, en l´Aldea pero ya llevaba yo la intención de hacer el trayecto a través de los arrozales, descubriendo caminos nuevos, como si fuera Maite Soler, y evitando a la vez el horrible trayecto de la 340. Y no nos defrauda el paseo porque pasamos por lugares nuevos y bonitos, entre el verde brillante de los campos de arroz que forman un gran tapiz, salpicado por pequeñas casitas de labradores a cuya vera se levanta generalmente un árbol frondoso. Veo una indicación que señala la ermita y allí nos dirigimos. Junto a ella se levanta una torre redonda cuyo basamento data de principios del siglo XII y el resto está fielmente, -parece-, reconstruido, rematado en pequeñas almenas. Se levanta sobre un solar acotado que contiene unas ruinas de época árabe. El edificio al que está pegada la remozada ermita, es una casona de bella fachada, iluminada a esta hora por el sol que la ennoblece aún más. Enfrente se ve una antigua noria de piedra situada en el claro de un pequeño bosque de árboles no muy altos. Ha sido una bonita incursión en una zona que creíamos muy conocida.
Hoy los jóvenes deciden ir a Capelo pero yo prefiero bajarme al Baconé para darme un baño. El mar está algo revuelto y la temperatura del agua es muy agradable. Entro en el mar con el cuidado con que lo hacemos siempre y un poco más adentro distingo de nuevo la medusa de cada día flotando en las aguas. Decididamente es la medusa del Baconé, parece que le gusta la zona. Habrá que familiarizarse con ella y lo que es más práctico todavía, aprender a esquivarla. En la confianza de que es una aventurera que le gusta viajar sola, como a mi hijo Juan, por ejemplo, y que no voy a encontrar ninguna más, me lanzo a nadar con intención de no recorrer largo trecho pero poco a poco sigo avanzando y llego a lo que llamamos Antonio y yo “área de servicio”, la roca que ocupa una gran extensión, donde se hace pie y permite descansar un poco e incluso ir andando sobre ella. Hoy veo muchos peces, más y menos grandes y sobre todo numerosos bancos de los más pequeños. Ni rastro de más medusas. Animada por el reconfortante ejercicio de nadar viendo el fondo, decido seguir hasta la punta de Cala María, con este espíritu temerario que a veces me anima y que me recuerda a mi amiga Pilar cuando dice que “somos mujeres amazonas”, comparándonos con las míticas guerreras. En este caso me falta el caballo.
En el recorrido solamente me cruzo con un barco de recreo, anclado allí cerca, y con un submarinista que intenta pescar en las rocas y que entra y sale sin moverse del mismo lugar. Llego hasta la meta, la punta extrema y contemplo el panorama, que, como siempre, encuentro precioso. En la playa de Cala María hay alguna persona y dos perros corretean por ella. La vuelta, en contra del viento, se me hace larga y me canso más de lo previsto, pero sin alarmarse. Hoy tampoco están los alemanes en el Baconé; creo que han acompañado a su hijo Lust y la familia al aeropuerto de vuelta a Alemania. Por fin descansará Hilde, que se queja del mucho trabajo que le ocasionan y tomará fuerza para afrontar la llegada del otro mellizo, dentro de cuatro días. Lo sé porque me lo cuenta todos los días que nos encontramos, cuando no conseguimos esquivarla, así como al resto de las personas que quedan a su alcance. Es capaz, incluso, de renunciar al baño por el gusto de contarlo de nuevo.
Esta tarde tenemos un plan novedoso: vamos a ir a cenar a un restaurante francés que está en la montaña. Ayer he llamado por teléfono para reservar y Rafa y yo tenemos la intención de invitar a los sobrinos y a Maru y Tere como celebración de nuestro aniversario de boda, que este año alcanza una cifra redonda, treinta y cinco años. Este paraje, que pertenece al Perelló, consiste en una calle bien asfaltada, flanqueada de farolas, que sube en pronunciada cuesta hasta una zona alta donde se forma una rotonda en torno al depósito de distribución de agua corriente. (Resulta paradójico que allí arriba tengan agua y nosotros, a cincuenta metros de la red de distribución, no la tengamos… pero ese es otro tema) A un lado y otro de esta calle hay una hilera de chalets, todos los cuales disfrutan de buena vista sobre esta parte del delta. Es especialmente bonita cuando se ve el conjunto desde la zona más alta, porque se distingue perfectamente la manga de arena donde está el faro que forma el mar interior en el que se cultivan las mejilloneras, las casas de Deltebre, los campos de arroz, la silueta abigarrada de construcciones de l´Ampolla, el mamotreto, imposible de ocultar, en fin, un precioso panorama. El restaurante Can Gillet es uno de esos chalets y sus espacios están muy bien aprovechados. Las mesas están colocadas en la terraza, en el porche interior y en el comedor que se abre a continuación, y también bajo unos altos pinos que hay al lado de la casa y que se utilizan sobre todo a la hora de comer, según nos aclara el dueño. En un bancal inferior han construida una pequeña piscina para uso de los comensales, si lo desean.
La señora habla español aunque aprovecho para practicar un poco el francés, lo que, por lo visto despierta la admiración de la Tere que repetía: “Chica, mírala, !cómo habla¡, eso es nuevo¡, no lo sabíamos¡” y otras exclamaciones exageradas.
El lugar no puede ser más bonito, silencioso, acogedor. Nos enseñan el menú en el que hay ofertas diferentes a las que suelen encontrarse en los restaurantes del pueblo, cosas exóticas como ancas de rana, que por supuesto pide Rafa, o carpaccio de pescado. De segundo hay otras tantas posibilidades. Cada uno elegimos lo que nos apetece y Maru al principio dice que con un plato tendrá bastante, pero al final, exhortada por la Tere en el tono que acostumbra, se toma los dos platos. Tere le aconseja que no coma pan, que es lo que engorda…
Después del segundo plato aparece el marido que es el cocinero. Habla mejor el español que la mujer e inicia una conversación con nosotros que parece no terminarse. Maru, como no entiende, está un poco impaciente, por lo visto, porque ya le había echado un ojo a la carta y se había dado cuenta de que el postre estaba incluido. Le dice por lo bajo a Tere algo relacionado con tal observación pero no tanto como para que no se perciba claramente la palabra “postre”, lo que hace reaccionar al señor que pasa a enumerarnos la variedad de ofertas. Maru pide una gran copa de helado rematada en abundante nata que se toma con fruición. Esta mañana me ha asegurado que, ayudada por media pastilla de almax, no ha tenido ningún problema de digestión...
Cuando ya estábamos terminando la cena descubrimos que hacía su aparición en el horizonte la esperada luna, en forma de una gran bola roja, algo más achatada que ayer. La habíamos acechado impacientes. No nos defraudó, como siempre, y la vimos también con prismáticos, los pequeños pero claros de Maru y otros grandes de Fernando que colocó sobre la balaustrada a modo de mirador fijo y por allí pasaron hasta los franceses, bien admirados de la nueva perspectiva que el cliente les ofrecía. La luna iba ascendiendo por el cielo mientras aclaraba el tono rojo que pasaba a dorado y ganaba en brillo. Dejaba su estela luminosa en el trozo de mar que se distinguía desde allí arriba y a la vez se reflejaba ella misma con toda nitidez en las aguas de una piscina cercana. Fue otro momento “selenita” para el recuerdo.
Continuará…
cronicas de mar y tierra 3
Crónicas de mar y tierra 3
Los chicos dijeron que hoy, (día 27), irían por la mañana pronto a comprar la batería del coche de Maru pero el concepto de pronto varía según la idiosincrasia de las personas, por lo visto, porque salen de aquí los tres jóvenes ya bien entrada la mañana. Bien es verdad que antes se han asesorado de dónde poder comprarla y resulta que en el distribuidor Michelín de l´Aldea las venden, no hay que llegar a Amposta. Nos lo ha dicho la prima Leonor. Han medido cuidadosamente la vieja y tomado todos los datos y han llamado por teléfono para asegurarse que la tienen. De paso se ha hecho una lista de cosas para comprar en el pueblo. Todo lo llevan a cabo con éxito pero cuando regresan es un poco tarde. Antonio a pesar de todo decide bajar a darse un baño.
Yo no le acompaño de momento porque estoy haciendo un gazpacho. Es curioso pero hay ciertas comidas asociadas a lugares y este rico y alimenticio caldo frío no lo tengo yo asociado a Ampolla. Maru me dice que tenemos un aparato magnífico y apropiado para hacerlo y decido utilizarlo. El cacharro en cuestión ya lo usamos el año pasado, es uno de esos robots que le regalan a una, en este caso a Maru, después de engañarla vendiéndole un montón de libros trasnochados o de poco interés que además abultan un montón. El motor del aparato en cuestión funciona bastante bien pero la carcasa es de plástico frágil y el recipiente donde se ponen los ingredientes para ser triturados no tiene ya tapa ni asa, que se rompió al primer uso. Ella no le da importancia a estos pequeños detalles, dice que un plato de postre puesto encima hace las veces de tapadera. Lo intento y cuando empieza a girar el líquido se sale a borbotones y mancha el motor, la encimera y todo lo que había encima de ella. Dice Maru que la Tere lo utilizó varias veces y que estaba contenta con él, así que la que no sabe sacarle el partido debo de ser yo. Al final y con cuidado, cargándolo con menos líquido y sujetando el vaso de plástico, consigo terminar el gazpacho que tiene muy buena pinta y luego me lo corroborarán los comensales.
Como aún no es demasiado tarde, decido yo también bajar a darme un baño. Alcanzo a Antonio entrando despacito, como suele, en el agua. Antes ha estado tomando el sol porque su teoría es que se tiene que notar en el bronceado de la piel que ha estado en la playa. Yo me meto al agua sin detenerme ni un minuto en las piedras y, como hay que entrar con cuidado, --intentando hacerlo por una especie de camino entre las piedras que la corporación municipal ha tenido a bien hacernos en un extremo de la playa, como mejora sustanciosa del equipamiento de la zona y que cualquier día lo difuminará y hará desaparecer un temporal, que ni siquiera hace falta que sea fuerte-, y mirando atentamente para evitar golpearse con las rocas, descubro una medusa flotando en el agua. Se lo digo a Antonio y viene para observarla. No tenemos nada con qué cazarla y aunque lo intento con las gafas de bucear, no se deja. Al final abandonamos la cacería y nos adentramos en el mar pero ya con la atención puesta en las aguas, no vaya a ser que alguna otra nos dé un disgusto. El mar hoy está algo movido, como suele ser habitual a una hora tan tardía, y turbio, como suele ser habitual siempre en esta bahía, así que el baño es corto, sin hacer la travesía a Cala María.
Hay muy poca gente en la playa. Los alemanes se han ido al mercado de Amposta a comprar los melocotones 20 céntimos más baratos que los del súper, según su costumbre y sólo baja Hans, muy tarde para su costumbre, pues nos encontramos en el camino ya que él tampoco renuncia a darse un baño corto. Mientras me seco después de la ducha, de pie en el pedregal, porque llamarlo playa es un favor que le hacemos, observo el paisanaje. Se echa de menos a Hilde cambiándose la braga del bikini mojado por la del seco debajo de la toalla, actividad que realiza con una soltura sorprendente y sin que nunca -que se sepa- se le haya caído la toalla en la operación. Veo salir del mar a una joven y robusta mamá alemana con su niño de unos cuatro años. Llevaban rato dentro del agua jugando y disfrutando. La observo con mirada poco discreta, me temo, según me recriminan mis hijos, y me impresiona el tamaño de sus muslos, y el tono bicolor de la piel, roja intensa en las pantorrillas, hombros y brazos y blanco lechoso en el resto. El niño lleva un traje entero que le protege del sol. Ahora la madre se lo quita para que vaya a ducharse y deja al descubierto un cuerpecito escuálido y blanco como la leche. Comprendo que lo proteja porque si no, puede desintegrarse al sol como dice Maru que les pasó a dos medusas que Alfonso pescó y metió en una lata que puso al sol. Al día siguiente no había más que agua.
Me subo yo antes que Antonio para preparar la comida. Cuando ya estamos en la mesa aparecen las niñas, Blanca y Marina. Vienen a ver el dragón que vivía en la puerta de entrada y al que se le ve desde dentro a través del cristal. Es una de las atracciones para los niños de enfrente pero el último día que vinieron los chicos, Felipe y Jorge, le dieron tales golpes en el cristal intentando asustarle que el pobre ha debido de mudarse de vivienda. La pequeña, Marina, nos dice con su lengua de trapo:
“No´tá, sa´condío” que quiere decir, no está se ha escondido. Ya vamos entendiéndola.
Después de comer Rafael se sube a su obligada siesta. Lo mismo hacen los jóvenes. Maru y yo nos quedamos en las mecedoras y, al cabo de una hora o más, -no sabemos porque no hemos visto el reloj-, nos despertamos admiradas del profundo sueño que nos ha dejado fuera de órbita, sin notar ni las pesadas moscas que revolotean hoy con más pesadez que otros días, ni siquiera el molesto ruido de los coches que no cesan. Tal vez algún componente de la comida tenía propiedades narcóticas, pero recapacitando resulta difícil averiguar cuál porque no hemos coincidido en el menú. Maru se ha empeñado en seguir comiendo por cuarto día y, lo que es peor, no consecutivo, un trozo de perdiz que aún sobraba del guiso de 4 perdices de hace una semana, que estaban congeladas con plumas y todo cuando yo vine a Ampolla. No me había dejado tirar los restos y asegura que ella la encuentra muy buena. Y debe de ser así porque rebaña con fruición huesitos minúsculos del animal hasta dejarlos pelados.
Tras la siesta los chicos instalan en el coche con éxito la batería, porque lo ponen en marcha y funciona. Ha sido fácil, dicen, aunque no emplean como comparación la que les hizo José Javier, que por cierto, llama periódicamente para preguntar por el resultado de la operación y nosotros, desagradecidos, no le llamamos para comunicárselo.
Esta tarde tampoco vamos a por Tere. Tenemos otro compromiso y es una cena que ya se va haciendo tradicional porque es el cuarto año, a la que nos invitan Juan y Leonor, con sus hijos y con un comensal no habitual, el cura del pueblo, mosen Mikel, un hombre de sentido común, que ya es mucho en su profesión, agradable, cordial y que siente mucha simpatía por Maruja a la que dice admirar, (como nosotros, claro). La cena es buena, como siempre. Juan asa unas chuletas de cordero y longanizas de la tierra en la nueva barbacoa que se ha construido en la parte de atrás de la casa, al lado nuestro, delante de la palmera, que nos va a proporcionar a menudo unos efluvios alimenticios más que notables, aunque él asegura que no nos vendrán olores porque, tal como está construida y en el sitio que está, suben siempre hacia arriba…. En fin, la experiencia ya nos dice lo contrario pero…
La terraza de los primos permite ver el atardecer en la bahía aunque los pinos nos impiden ver la luna hasta que está ya muy alta. Cuando por fin aparece, ya un poco menguada, pero brillante y bonita, hacemos un alto en la conversación para admirarla como se merece.
Continuará….
Los chicos dijeron que hoy, (día 27), irían por la mañana pronto a comprar la batería del coche de Maru pero el concepto de pronto varía según la idiosincrasia de las personas, por lo visto, porque salen de aquí los tres jóvenes ya bien entrada la mañana. Bien es verdad que antes se han asesorado de dónde poder comprarla y resulta que en el distribuidor Michelín de l´Aldea las venden, no hay que llegar a Amposta. Nos lo ha dicho la prima Leonor. Han medido cuidadosamente la vieja y tomado todos los datos y han llamado por teléfono para asegurarse que la tienen. De paso se ha hecho una lista de cosas para comprar en el pueblo. Todo lo llevan a cabo con éxito pero cuando regresan es un poco tarde. Antonio a pesar de todo decide bajar a darse un baño.
Yo no le acompaño de momento porque estoy haciendo un gazpacho. Es curioso pero hay ciertas comidas asociadas a lugares y este rico y alimenticio caldo frío no lo tengo yo asociado a Ampolla. Maru me dice que tenemos un aparato magnífico y apropiado para hacerlo y decido utilizarlo. El cacharro en cuestión ya lo usamos el año pasado, es uno de esos robots que le regalan a una, en este caso a Maru, después de engañarla vendiéndole un montón de libros trasnochados o de poco interés que además abultan un montón. El motor del aparato en cuestión funciona bastante bien pero la carcasa es de plástico frágil y el recipiente donde se ponen los ingredientes para ser triturados no tiene ya tapa ni asa, que se rompió al primer uso. Ella no le da importancia a estos pequeños detalles, dice que un plato de postre puesto encima hace las veces de tapadera. Lo intento y cuando empieza a girar el líquido se sale a borbotones y mancha el motor, la encimera y todo lo que había encima de ella. Dice Maru que la Tere lo utilizó varias veces y que estaba contenta con él, así que la que no sabe sacarle el partido debo de ser yo. Al final y con cuidado, cargándolo con menos líquido y sujetando el vaso de plástico, consigo terminar el gazpacho que tiene muy buena pinta y luego me lo corroborarán los comensales.
Como aún no es demasiado tarde, decido yo también bajar a darme un baño. Alcanzo a Antonio entrando despacito, como suele, en el agua. Antes ha estado tomando el sol porque su teoría es que se tiene que notar en el bronceado de la piel que ha estado en la playa. Yo me meto al agua sin detenerme ni un minuto en las piedras y, como hay que entrar con cuidado, --intentando hacerlo por una especie de camino entre las piedras que la corporación municipal ha tenido a bien hacernos en un extremo de la playa, como mejora sustanciosa del equipamiento de la zona y que cualquier día lo difuminará y hará desaparecer un temporal, que ni siquiera hace falta que sea fuerte-, y mirando atentamente para evitar golpearse con las rocas, descubro una medusa flotando en el agua. Se lo digo a Antonio y viene para observarla. No tenemos nada con qué cazarla y aunque lo intento con las gafas de bucear, no se deja. Al final abandonamos la cacería y nos adentramos en el mar pero ya con la atención puesta en las aguas, no vaya a ser que alguna otra nos dé un disgusto. El mar hoy está algo movido, como suele ser habitual a una hora tan tardía, y turbio, como suele ser habitual siempre en esta bahía, así que el baño es corto, sin hacer la travesía a Cala María.
Hay muy poca gente en la playa. Los alemanes se han ido al mercado de Amposta a comprar los melocotones 20 céntimos más baratos que los del súper, según su costumbre y sólo baja Hans, muy tarde para su costumbre, pues nos encontramos en el camino ya que él tampoco renuncia a darse un baño corto. Mientras me seco después de la ducha, de pie en el pedregal, porque llamarlo playa es un favor que le hacemos, observo el paisanaje. Se echa de menos a Hilde cambiándose la braga del bikini mojado por la del seco debajo de la toalla, actividad que realiza con una soltura sorprendente y sin que nunca -que se sepa- se le haya caído la toalla en la operación. Veo salir del mar a una joven y robusta mamá alemana con su niño de unos cuatro años. Llevaban rato dentro del agua jugando y disfrutando. La observo con mirada poco discreta, me temo, según me recriminan mis hijos, y me impresiona el tamaño de sus muslos, y el tono bicolor de la piel, roja intensa en las pantorrillas, hombros y brazos y blanco lechoso en el resto. El niño lleva un traje entero que le protege del sol. Ahora la madre se lo quita para que vaya a ducharse y deja al descubierto un cuerpecito escuálido y blanco como la leche. Comprendo que lo proteja porque si no, puede desintegrarse al sol como dice Maru que les pasó a dos medusas que Alfonso pescó y metió en una lata que puso al sol. Al día siguiente no había más que agua.
Me subo yo antes que Antonio para preparar la comida. Cuando ya estamos en la mesa aparecen las niñas, Blanca y Marina. Vienen a ver el dragón que vivía en la puerta de entrada y al que se le ve desde dentro a través del cristal. Es una de las atracciones para los niños de enfrente pero el último día que vinieron los chicos, Felipe y Jorge, le dieron tales golpes en el cristal intentando asustarle que el pobre ha debido de mudarse de vivienda. La pequeña, Marina, nos dice con su lengua de trapo:
“No´tá, sa´condío” que quiere decir, no está se ha escondido. Ya vamos entendiéndola.
Después de comer Rafael se sube a su obligada siesta. Lo mismo hacen los jóvenes. Maru y yo nos quedamos en las mecedoras y, al cabo de una hora o más, -no sabemos porque no hemos visto el reloj-, nos despertamos admiradas del profundo sueño que nos ha dejado fuera de órbita, sin notar ni las pesadas moscas que revolotean hoy con más pesadez que otros días, ni siquiera el molesto ruido de los coches que no cesan. Tal vez algún componente de la comida tenía propiedades narcóticas, pero recapacitando resulta difícil averiguar cuál porque no hemos coincidido en el menú. Maru se ha empeñado en seguir comiendo por cuarto día y, lo que es peor, no consecutivo, un trozo de perdiz que aún sobraba del guiso de 4 perdices de hace una semana, que estaban congeladas con plumas y todo cuando yo vine a Ampolla. No me había dejado tirar los restos y asegura que ella la encuentra muy buena. Y debe de ser así porque rebaña con fruición huesitos minúsculos del animal hasta dejarlos pelados.
Tras la siesta los chicos instalan en el coche con éxito la batería, porque lo ponen en marcha y funciona. Ha sido fácil, dicen, aunque no emplean como comparación la que les hizo José Javier, que por cierto, llama periódicamente para preguntar por el resultado de la operación y nosotros, desagradecidos, no le llamamos para comunicárselo.
Esta tarde tampoco vamos a por Tere. Tenemos otro compromiso y es una cena que ya se va haciendo tradicional porque es el cuarto año, a la que nos invitan Juan y Leonor, con sus hijos y con un comensal no habitual, el cura del pueblo, mosen Mikel, un hombre de sentido común, que ya es mucho en su profesión, agradable, cordial y que siente mucha simpatía por Maruja a la que dice admirar, (como nosotros, claro). La cena es buena, como siempre. Juan asa unas chuletas de cordero y longanizas de la tierra en la nueva barbacoa que se ha construido en la parte de atrás de la casa, al lado nuestro, delante de la palmera, que nos va a proporcionar a menudo unos efluvios alimenticios más que notables, aunque él asegura que no nos vendrán olores porque, tal como está construida y en el sitio que está, suben siempre hacia arriba…. En fin, la experiencia ya nos dice lo contrario pero…
La terraza de los primos permite ver el atardecer en la bahía aunque los pinos nos impiden ver la luna hasta que está ya muy alta. Cuando por fin aparece, ya un poco menguada, pero brillante y bonita, hacemos un alto en la conversación para admirarla como se merece.
Continuará….
cronicas de mar y tierra 2
Crónicas de mar y tierra. 2
Ayer, día de Santa Ana, llamamos a las dos Anas de la familia. Con la mayor no pudimos contactar, no contestaba al teléfono, y es pena porque está más necesitada de felicitaciones y recuerdos de la familia. A la madre recién estrenada la encontramos agobiada con los llantos del pequeño y la incertidumbre de no conocer la causa. Si me preguntan a mí, diría que simplemente es por el calor. Maru le puso sobre aviso de un posible dolor de oído y le aconsejó que le presionara con el dedo en la oreja a ver si reaccionaba. Siempre me acuerdo de lo que contó el primo Antonio, el médico, respecto a su profesor de pediatría. Les dijo en clase que al entrar en una casa a visitar a un niño, procuraran preguntar primero a la abuela qué creía ella que le sucedía al pequeño porque generalmente ése era el diagnóstico acertado. En este caso y aunque fuera telefónicamente tuvo opinión de bisabuela.
Ayer Maru, -después de ver la penúltima sesión de la estúpida, absurda, ridícula y tonta novela televisiva de la tarde, de la que no ha perdido ni un capítulo, y a la que no apea de semejante tratamiento a pesar del interés que le suscita, cada vez que, una vez terminada, sale del salón y se encuentra con nosotros-, le dio elegantemente “puerta” a la Tere, que se iba a tomar la tensión y luego a visitar a su amiga la Pepa Valdepérez. A Maru le espanta la idea de visitar a esta peculiar ampollera sobre todo porque no le entiende nada y no se entera de nada de lo que cuenta. La causa es doble, una que no le entiende el catalán, único medio de expresión para la Pepa, y la otra que ni siquiera la oye porque está perdiendo lo poco que le quedaba de audición. Esta mañana ha dicho que ya se va acostumbrando a no enterarse de nada de lo que hablamos a su alrededor y daba pena. Los aparatos del oído no le funcionan, deben de estar sucios y no los usa.
Volviendo a ayer tarde, le anunciamos que saldríamos por ahí un rato para ver salir a la luna. Ella siempre dice: “por mí no os preocupéis que yo estoy aquí muy bien” pero se trasluce que el plan le complacía. Esperamos un rato leyendo en la terraza los tres mayores, pues nuestros jóvenes se habían ido al Faro, y hacia las ocho nos fuimos con el coche hacia el norte. La elección recayó en el Perales, que sin duda alguna, es el mejor rincón de esta parte de la costa. Este año nos hemos llevado la decepción de que lo han cambiado y lo han convertido en algo casi suntuoso, muy alejado de aquel restaurante playero y rústico, más apropiado para el lugar. Ahora aún quedan mesas bajo los pinos, divididas por el color, las blancas para restaurante y las rojas, colocadas a la entrada, para bar. El gran salón con pretensiones de celebrar en él comidas, banquetes y celebraciones (si lo hubiéramos sabido, habríamos negociado con Nuria, la dueña, el celebrar aquí la comida aniversario), estaba vacío pero las mesas del exterior se iban llenando. Nos sentamos en la más cercana al mar y nos dispusimos a acechar la salida de Selene, dando sorbos al nesty. Creíamos que Maru no tenía adiciones perniciosas, pero claro que las tiene, a las patatas chips. Es lo que más le gusta como acompañamiento en aperitivos y en toda ocasión en la que se sienta ante una bebida. Ella las pide muy suavemente a la camarera al final, tanto que ésta se suele olvidar de traerlas, sin valorar el desasosiego que crea en la adicta. Al cabo de un buen rato hay que recordárselo y por fin se presenta con un paquetito cerrado que Maru abre y nos invita a tomar como si los verdaderamente ansiosos fuéramos nosotros. Si Tere está le grita:
“ Coyons, Maruja, siempre estás comiendo¡ ¡no comas más, que estás muy gorda¡
Pero nosotros no le hacemos ningún reproche, al contrario, compartimos el contenido. Ya es una experta en conocer las patatas y son mejores las que nos ofrece el “hombrecico” de Capelo, del que nos hemos hecho muy amigos, que las de Perales.
La luna se hizo esperar ayer mucho. Oteábamos el horizonte marino en toda su extensión y la frase más repetida por Maru era: “Ya no puede tardar mucho”. No importaba que tardara, la tarde ofrecía desde allí un bellísimo panorama, con las rocas del rojo intenso oscureciéndose poco a poco, el mar de un azul brillante, iluminado por el sol antes de ponerse, el faro enfrente resplandeciente y la línea de costa que forma el delta nítida. La luz iba cayendo y las sombras empezaban a dominar el ambiente. Encendieron las luces del restaurante, las que están en los pinos sobre las mesas blancas, y la luna aún no hacía acto de presencia. Finalmente, pasadas las nueve, yo distinguí un globo de color rosa tenue en la línea del horizonte por el norte. Casi no era aún perceptible y a Rafa y Maru les costó reconocerla. Les hice levantar para acercarnos a la orilla. Luego el globo incandescente se ocultó momentáneamente tras una línea de bruma para salir por encima con mucha mayor nitidez y un brillo ya visible, aunque todavía de color rosa intenso. Como Maru tiene la buena idea de llevar los prismáticos, el espectáculo ampliado aún era más bonito.
Allí estuvimos hasta que anocheció completamente y la luna disminuyó su tamaño pero ganó en brillo y se distinguió claramente su estela estrecha y luminosa sobre el mar. Todavía la vimos ascender por el firmamento mientras el camino plateado se iba ensanchando y después nos vinimos a casa.
Esta mañana el escenario y la anécdota no tienen nada de poéticos, como el recuerdo de la tarde de ayer. Me he empeñado en acompañarla a la ducha y lavarle bien pero, ¡cómo cuesta¡, tengo la impresión de ser una vieja enfermera amargada e insensible tratando a una anciana díscola. Dice que no tiene ganas, que tengo un olfato excesivo, que no es para tanto… en fin, dura tarea con buen resultado, pero cada vez empleando argumentos más fuertes. Me parece que estoy perdiendo muchos puntos… sería bueno hacer una ducha porque le cuesta mucho levantar su maltrecha pierna para entrar en la bañera.
Luego se ha bajado a pintar no sé si un poco enfadada. Mis argumentos han sido de sentido común, que todos los cuerpos huelen mal si no se lavan, que no sólo yo tengo buen olfato, etc y el definitivo ha sido decirle que posiblemente yo no tenga ninguna hija a mi lado si estoy en su situación, esperando hacerme la mártir, pero lo rebate diciendo que eso no se sabe nunca.
Ahora estoy sola ante el mar de olivos en esta terraza que va quedando aprisionada entre ficus, palmeras y olivos. Los jóvenes han ido a comprar la batería y los artistas, Maru y Rafa, se dedican al arte de las Musas.
Continuará…
Ayer, día de Santa Ana, llamamos a las dos Anas de la familia. Con la mayor no pudimos contactar, no contestaba al teléfono, y es pena porque está más necesitada de felicitaciones y recuerdos de la familia. A la madre recién estrenada la encontramos agobiada con los llantos del pequeño y la incertidumbre de no conocer la causa. Si me preguntan a mí, diría que simplemente es por el calor. Maru le puso sobre aviso de un posible dolor de oído y le aconsejó que le presionara con el dedo en la oreja a ver si reaccionaba. Siempre me acuerdo de lo que contó el primo Antonio, el médico, respecto a su profesor de pediatría. Les dijo en clase que al entrar en una casa a visitar a un niño, procuraran preguntar primero a la abuela qué creía ella que le sucedía al pequeño porque generalmente ése era el diagnóstico acertado. En este caso y aunque fuera telefónicamente tuvo opinión de bisabuela.
Ayer Maru, -después de ver la penúltima sesión de la estúpida, absurda, ridícula y tonta novela televisiva de la tarde, de la que no ha perdido ni un capítulo, y a la que no apea de semejante tratamiento a pesar del interés que le suscita, cada vez que, una vez terminada, sale del salón y se encuentra con nosotros-, le dio elegantemente “puerta” a la Tere, que se iba a tomar la tensión y luego a visitar a su amiga la Pepa Valdepérez. A Maru le espanta la idea de visitar a esta peculiar ampollera sobre todo porque no le entiende nada y no se entera de nada de lo que cuenta. La causa es doble, una que no le entiende el catalán, único medio de expresión para la Pepa, y la otra que ni siquiera la oye porque está perdiendo lo poco que le quedaba de audición. Esta mañana ha dicho que ya se va acostumbrando a no enterarse de nada de lo que hablamos a su alrededor y daba pena. Los aparatos del oído no le funcionan, deben de estar sucios y no los usa.
Volviendo a ayer tarde, le anunciamos que saldríamos por ahí un rato para ver salir a la luna. Ella siempre dice: “por mí no os preocupéis que yo estoy aquí muy bien” pero se trasluce que el plan le complacía. Esperamos un rato leyendo en la terraza los tres mayores, pues nuestros jóvenes se habían ido al Faro, y hacia las ocho nos fuimos con el coche hacia el norte. La elección recayó en el Perales, que sin duda alguna, es el mejor rincón de esta parte de la costa. Este año nos hemos llevado la decepción de que lo han cambiado y lo han convertido en algo casi suntuoso, muy alejado de aquel restaurante playero y rústico, más apropiado para el lugar. Ahora aún quedan mesas bajo los pinos, divididas por el color, las blancas para restaurante y las rojas, colocadas a la entrada, para bar. El gran salón con pretensiones de celebrar en él comidas, banquetes y celebraciones (si lo hubiéramos sabido, habríamos negociado con Nuria, la dueña, el celebrar aquí la comida aniversario), estaba vacío pero las mesas del exterior se iban llenando. Nos sentamos en la más cercana al mar y nos dispusimos a acechar la salida de Selene, dando sorbos al nesty. Creíamos que Maru no tenía adiciones perniciosas, pero claro que las tiene, a las patatas chips. Es lo que más le gusta como acompañamiento en aperitivos y en toda ocasión en la que se sienta ante una bebida. Ella las pide muy suavemente a la camarera al final, tanto que ésta se suele olvidar de traerlas, sin valorar el desasosiego que crea en la adicta. Al cabo de un buen rato hay que recordárselo y por fin se presenta con un paquetito cerrado que Maru abre y nos invita a tomar como si los verdaderamente ansiosos fuéramos nosotros. Si Tere está le grita:
“ Coyons, Maruja, siempre estás comiendo¡ ¡no comas más, que estás muy gorda¡
Pero nosotros no le hacemos ningún reproche, al contrario, compartimos el contenido. Ya es una experta en conocer las patatas y son mejores las que nos ofrece el “hombrecico” de Capelo, del que nos hemos hecho muy amigos, que las de Perales.
La luna se hizo esperar ayer mucho. Oteábamos el horizonte marino en toda su extensión y la frase más repetida por Maru era: “Ya no puede tardar mucho”. No importaba que tardara, la tarde ofrecía desde allí un bellísimo panorama, con las rocas del rojo intenso oscureciéndose poco a poco, el mar de un azul brillante, iluminado por el sol antes de ponerse, el faro enfrente resplandeciente y la línea de costa que forma el delta nítida. La luz iba cayendo y las sombras empezaban a dominar el ambiente. Encendieron las luces del restaurante, las que están en los pinos sobre las mesas blancas, y la luna aún no hacía acto de presencia. Finalmente, pasadas las nueve, yo distinguí un globo de color rosa tenue en la línea del horizonte por el norte. Casi no era aún perceptible y a Rafa y Maru les costó reconocerla. Les hice levantar para acercarnos a la orilla. Luego el globo incandescente se ocultó momentáneamente tras una línea de bruma para salir por encima con mucha mayor nitidez y un brillo ya visible, aunque todavía de color rosa intenso. Como Maru tiene la buena idea de llevar los prismáticos, el espectáculo ampliado aún era más bonito.
Allí estuvimos hasta que anocheció completamente y la luna disminuyó su tamaño pero ganó en brillo y se distinguió claramente su estela estrecha y luminosa sobre el mar. Todavía la vimos ascender por el firmamento mientras el camino plateado se iba ensanchando y después nos vinimos a casa.
Esta mañana el escenario y la anécdota no tienen nada de poéticos, como el recuerdo de la tarde de ayer. Me he empeñado en acompañarla a la ducha y lavarle bien pero, ¡cómo cuesta¡, tengo la impresión de ser una vieja enfermera amargada e insensible tratando a una anciana díscola. Dice que no tiene ganas, que tengo un olfato excesivo, que no es para tanto… en fin, dura tarea con buen resultado, pero cada vez empleando argumentos más fuertes. Me parece que estoy perdiendo muchos puntos… sería bueno hacer una ducha porque le cuesta mucho levantar su maltrecha pierna para entrar en la bañera.
Luego se ha bajado a pintar no sé si un poco enfadada. Mis argumentos han sido de sentido común, que todos los cuerpos huelen mal si no se lavan, que no sólo yo tengo buen olfato, etc y el definitivo ha sido decirle que posiblemente yo no tenga ninguna hija a mi lado si estoy en su situación, esperando hacerme la mártir, pero lo rebate diciendo que eso no se sabe nunca.
Ahora estoy sola ante el mar de olivos en esta terraza que va quedando aprisionada entre ficus, palmeras y olivos. Los jóvenes han ido a comprar la batería y los artistas, Maru y Rafa, se dedican al arte de las Musas.
Continuará…
crónicas de mar y tierra
Crónicas de mar y tierra.
Llevo ya tres días nadando con mi sobrino. Vamos desde el Baconé hasta el final de Cala María o desde la playa de Capelo hasta la isla y la rodeamos. Es un verdadero disfrute, sobre todo cuando el mar está claro. Él nada como un tritón, baja hasta el fondo, se mueve con las aletas a gran velocidad y da seguridad llevarlo cerca. Claro que yo no me puedo comparar con una nereida, porque no conozco a ninguna que no sea joven, que tenga un tripón como el mío y a la que de vez en cuando se le agarroten los dedos de los pies o le dé un calambre en la pierna. Pero bueno, hacemos un buen tándem. Hoy nos ha acompañado Fernando y Paloma a la playa pero a Fernando le impone la idea de encontrarse con un tiburón y no se ha adentrado demasiado y a Paloma la hemos dejado atrás y no se ha animado a seguirnos. Hemos visto muchos peces, pequeños en grupos y más grandes. Antonio incluso ha visto una medusa que por suerte ha esquivado, no así ayer que le picó. La medusa, como el personaje mítico, es muy bella pero daña. Aquella , la de la mitología era una joven que presumía de sus bonitos cabellos, pero fue castigada por la diosa Atenea a cuyo servicio se encontraba, cuando se dejó seducir por el dios Posidón. Le convirtió sus cabellos en serpientes y le dio el poder de petrificar con su mirada. Estas malignas medusas que acuden por las costas del Mediterráneo te sueltan unos latigazos que te petrifican pero de dolor. Menos mal que la Hilde, solícita, sacó de su bolsa de tela con mil porquerías un frasco que contenía vinagre que, aplicado en la parte dolorida, calmó el dolor.
Maruja no quiere venir al mar, le da pereza. Ha empezado a pintar al óleo, una copia de un impresionista. También ha forrado de nuevo –naturalmente que se mantiene el forro primero- las fundas de las viejas mecedoras de mimbre, las longevas y deterioradas mecedoras, fundadoras de la casa, que nos sostienen aún milagrosamente. José Javier le puso un clavo nuevo a una de ellas en uno de los ejes que parecían sostener el engranaje, ya que el anterior estaba totalmente fuera y no nos explicábamos cómo no se había desintegrado la estructura. Pero siguen jugando un cometido imprescindible en la rutina veraniega. Cuando después de comer Rafael y Antonio se retiran a sus cuartos a dormir la siesta, Maru y yo colocamos las mecedoras en la parte baja de la terraza, frente al escalón del porche, en el sitio que más alegre sopla el aire, y cada una con un libro en la mano, nos dormimos profundamente durante un buen rato. Los libros que leemos son dos tomazos considerables. Da gusto ver a Maru inmersa en la lectura de “La Regenta” y disfrutando mucho con la historia. Claro que para compensar, a las seis de la tarde interrumpe el relato para ver y escuchar –a medias- una horrorosa novela hispanoamericana de la que cada día habla en términos más despectivos pero que no se pierde ninguna tarde, “a ver qué les pasa a éstos”. Se excusa mirándonos y diciendo: “es una solemne tontería pero…”
Luego, a última hora llega la hora del “geroturismo”. Vamos a buscar a Tere (90) y con Maru (89) nos vamos Rafael y yo a alguno de los chiringuitos a sentarnos y tomar un refresco. Y así todas las tardes. Ayer Maruja se disponía a irse sola porque se iban a reunir con la Pepa (90) pero mira por donde, su coche no funcionó. Se le ha roto la batería.
Esta mañana antes de darnos tiempo a bajar al taller para que se hiciera cargo el mecánico, ha llamado Jose Javier para “invitar” a su sobrino Fernando, que debe de pensar que como es ingeniero, es lógico que lo sepa, a que quitara él la batería, compre otra y la cambie, porque tal operación, según él, es más fácil que mear y se ahorra uno dinero. (no cuenta la gasolina hasta Amposta, la autopista si se coge, el tiempo…) Sólo hay que desconectar primero el polo negativo y luego el positivo y para colocarla lo contrario. Ha reconocido que es más fácil mear y luego ya viene lo de cambiar baterías. Yo estaba dispuesta a no hacerle caso, con el consentimiento de Maru, pero se lo he comentado a Fer, por aquello de no mentir, y los dos hermanos, bien dóciles, han bajado al coche a intentarlo. Primero ha sido difícil abrir el capó, porque está aprisionado por el olivo junto al que estaba apoyado. Han tenido que utilizar un palo para sujetarlo y finalmente lo han conseguido. Ahora queda la segunda parte, ir a Amposta y comprar la batería, luego vendrá la tercera, conectarla, poniendo primero el polo positivo y finalmente el negativo. Me lo he aprendido. Rafa está escandalizado de que hayamos hecho caso en lugar de ir directamente al mecánico porque, para eso hay profesionales… pero el espíritu de la frase “la infantería no reconoce obstáculos” late en el ambiente o en los genes, no se sabe.
Seguiremos en otro momento.
Llevo ya tres días nadando con mi sobrino. Vamos desde el Baconé hasta el final de Cala María o desde la playa de Capelo hasta la isla y la rodeamos. Es un verdadero disfrute, sobre todo cuando el mar está claro. Él nada como un tritón, baja hasta el fondo, se mueve con las aletas a gran velocidad y da seguridad llevarlo cerca. Claro que yo no me puedo comparar con una nereida, porque no conozco a ninguna que no sea joven, que tenga un tripón como el mío y a la que de vez en cuando se le agarroten los dedos de los pies o le dé un calambre en la pierna. Pero bueno, hacemos un buen tándem. Hoy nos ha acompañado Fernando y Paloma a la playa pero a Fernando le impone la idea de encontrarse con un tiburón y no se ha adentrado demasiado y a Paloma la hemos dejado atrás y no se ha animado a seguirnos. Hemos visto muchos peces, pequeños en grupos y más grandes. Antonio incluso ha visto una medusa que por suerte ha esquivado, no así ayer que le picó. La medusa, como el personaje mítico, es muy bella pero daña. Aquella , la de la mitología era una joven que presumía de sus bonitos cabellos, pero fue castigada por la diosa Atenea a cuyo servicio se encontraba, cuando se dejó seducir por el dios Posidón. Le convirtió sus cabellos en serpientes y le dio el poder de petrificar con su mirada. Estas malignas medusas que acuden por las costas del Mediterráneo te sueltan unos latigazos que te petrifican pero de dolor. Menos mal que la Hilde, solícita, sacó de su bolsa de tela con mil porquerías un frasco que contenía vinagre que, aplicado en la parte dolorida, calmó el dolor.
Maruja no quiere venir al mar, le da pereza. Ha empezado a pintar al óleo, una copia de un impresionista. También ha forrado de nuevo –naturalmente que se mantiene el forro primero- las fundas de las viejas mecedoras de mimbre, las longevas y deterioradas mecedoras, fundadoras de la casa, que nos sostienen aún milagrosamente. José Javier le puso un clavo nuevo a una de ellas en uno de los ejes que parecían sostener el engranaje, ya que el anterior estaba totalmente fuera y no nos explicábamos cómo no se había desintegrado la estructura. Pero siguen jugando un cometido imprescindible en la rutina veraniega. Cuando después de comer Rafael y Antonio se retiran a sus cuartos a dormir la siesta, Maru y yo colocamos las mecedoras en la parte baja de la terraza, frente al escalón del porche, en el sitio que más alegre sopla el aire, y cada una con un libro en la mano, nos dormimos profundamente durante un buen rato. Los libros que leemos son dos tomazos considerables. Da gusto ver a Maru inmersa en la lectura de “La Regenta” y disfrutando mucho con la historia. Claro que para compensar, a las seis de la tarde interrumpe el relato para ver y escuchar –a medias- una horrorosa novela hispanoamericana de la que cada día habla en términos más despectivos pero que no se pierde ninguna tarde, “a ver qué les pasa a éstos”. Se excusa mirándonos y diciendo: “es una solemne tontería pero…”
Luego, a última hora llega la hora del “geroturismo”. Vamos a buscar a Tere (90) y con Maru (89) nos vamos Rafael y yo a alguno de los chiringuitos a sentarnos y tomar un refresco. Y así todas las tardes. Ayer Maruja se disponía a irse sola porque se iban a reunir con la Pepa (90) pero mira por donde, su coche no funcionó. Se le ha roto la batería.
Esta mañana antes de darnos tiempo a bajar al taller para que se hiciera cargo el mecánico, ha llamado Jose Javier para “invitar” a su sobrino Fernando, que debe de pensar que como es ingeniero, es lógico que lo sepa, a que quitara él la batería, compre otra y la cambie, porque tal operación, según él, es más fácil que mear y se ahorra uno dinero. (no cuenta la gasolina hasta Amposta, la autopista si se coge, el tiempo…) Sólo hay que desconectar primero el polo negativo y luego el positivo y para colocarla lo contrario. Ha reconocido que es más fácil mear y luego ya viene lo de cambiar baterías. Yo estaba dispuesta a no hacerle caso, con el consentimiento de Maru, pero se lo he comentado a Fer, por aquello de no mentir, y los dos hermanos, bien dóciles, han bajado al coche a intentarlo. Primero ha sido difícil abrir el capó, porque está aprisionado por el olivo junto al que estaba apoyado. Han tenido que utilizar un palo para sujetarlo y finalmente lo han conseguido. Ahora queda la segunda parte, ir a Amposta y comprar la batería, luego vendrá la tercera, conectarla, poniendo primero el polo positivo y finalmente el negativo. Me lo he aprendido. Rafa está escandalizado de que hayamos hecho caso en lugar de ir directamente al mecánico porque, para eso hay profesionales… pero el espíritu de la frase “la infantería no reconoce obstáculos” late en el ambiente o en los genes, no se sabe.
Seguiremos en otro momento.
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