Crónicas de mar y tierra 5
La pesada digestión que provocaba ardores desacostumbrados, el enorme calor de la noche y especialmente los mosquitos, pequeños pero aguerridos y cabrones donde los haya, que entran al amanecer por el balcón que el calor nos obliga a mantener algo abierto, todo unido han hecho de esta noche un tiempo para olvidar. Parece que sólo a mí, porque Maru se ha levantado tan contenta y satisfecha como siempre. Dice que a ella no le pican los mosquitos y añade que está convencida que no les gusta la piel de los ancianos. Me tomo la sentencia por la parte positiva que me atañe, es decir, debo de ser aún joven en contra de lo que dice mi carnet de identidad y los servicios sociales del Estado, porque a mí me han acribillado.
Ayer expresaron los sobrinos las ganas de una paella y la Tere, que aún tiene la vitalidad y las ganas, se ofreció a hacerla, siempre que “le preparen la leña porque el fuego es muy importante”. Quedamos de manera imprecisa, como suele ocurrir, que al día siguiente nos llamaríamos. Maru se levanta pronto y después toma ese desayuno tan característico, más propio de la postguerra, del tazón lleno de mendrugos de pan duro sobre los que derrama la leche, por supuesto entera porque las modernas le saben a agua, y sobre él echa un chorro de café que tampoco se sabe muy bien cuántos días lleva hecho porque aquí somos muy poco cafeteros, lo mete en el microondas y se lo toma tan a gusto. Para “empujar” el contenido del tazón, se toma a continuación dos o tres tostadas, elegidas entre las más quemadas, rociadas con un buen chorro de aceite y a continuación el azúcar y ya tiene marcha para la mañana. Luego se baja a pintar a su estudio. El cuadro avanza rápidamente y habrá que pensar en el siguiente motivo a copiar. Hoy ha subido antes, hacia las once, sabiendo que tenía que buscar a la Tere para comprar los ingredientes de la paella. Antonio y Fernando y Paloma deciden irse a la Punta de l´Aliga y me invitan a acompañarles, pero decido quedarme con Maru.
Llamamos a Tere que ya está lista y esperando la llamada y digo a Maru que nos vamos las dos, que la acompaño. Me replica que ella sola puede ir perfectamente pero cede y naturalmente cogemos mi coche. No quisiera protegerla en exceso, es verdad, a ver si se acobarda y luego no quiere coger el suyo. Le ofrezco la posibilidad de ir a La Cava, donde, según la Tere y la Mayte, el mercadillo de los jueves es enorme y se compra buena fruta mucho más barata. Como hace días que le ronda por la cabeza comprarse unos zapatos, sandalias o zapatillas, vacila un momento y dice por fin: “Bueno, sí, no me importa”.
Así que su “Fiesta” sigue debajo del algarrobo, con una batería nueva que a este paso se le descarga antes de usarla, y utilizamos el Focus para recoger a Tere que ya aguarda en la calle, ajena al propósito que teníamos nosotras de continuar a la Cava, pero al que se suma sin rechistar. La verdad es que ha resultado una iniciativa poco acertada porque el calor enorme, el gentío, la angostura del espacio para circular, poca oferta en los precios de las frutas, como pensábamos, no encontrar sitio cercano para aparcar, son circunstancias que todas juntas acaban agobiando. Maru, en efecto, se compra dos pares de birrias sin probar ni nada similar, yo creo que las elige por la facilidad del material para ser cortado, estirado, añadido y adaptado a sus pobres y deteriorados pies. Al menos son baratos. Yo también me compro una bata larga, así sin mirarla, seguramente como una justificación inconsciente de la excursión y por cierto con una curiosa anécdota. Pago con un billete de 20 euros y me devuelven dos monedas hasta los cinco y luego, precipitada como soy para todo, nos vamos al paso lento. Enseguida oímos unas voces con acento árabe que gritan “Siñora, Siñora”. No nos damos por aludidas y las voces siguen cada vez más fuerte y en un momento dado veo a un morito que viene tras nosotras. Entonces le digo a Tere que creo que la llaman y ella se vuelve hacia el chico que sin embargo se dirige a mí. Le acompaño hasta el puesto que hemos dejado atrás, donde me había comprado el vestido, y encuentro a un árabe de una edad indefinida pero no joven, con 15 euros en la mano que dice son míos y añade que a cada uno lo que le corresponde. Le doy las gracias efusivamente y me alegro de que, gracias a la honradez del moro, el modelito no me haya costado el dineral que por mi mala cabeza habría perdido.
El tiempo pasa y ya se hace tarde. Emprendemos la vuelta a toda la velocidad que permiten esas carreteras, rodeadas de los maravillosos campos de arroz, con ese verde intenso, con matices según las parcelas, que llenan la vista y apaciguan el alma. Todavía hay que comprar la carne de la paella en la Elisenda y llegamos a casa al mismo tiempo que los jóvenes. A partir de ahí empieza la frenética actividad de la preparación: fregar de nuevo la paella para evitar las críticas de la maestra de ceremonias, propósito casi imposible, agrupar el aceite, la sal, rallar el tomate en la cocina, cortar las judías verdes, dejar limpios los trozos de carne y sacar el paquete de arroz. La novedad de este año es que estrenamos el paellero nuevo que Juan ha hecho al lado de nuestra casa, al que, por cierto, Tere le saca defectos. Tras ciertas dificultades para que el fuego prenda, que se solucionan echando un líquido especial a las brasas que aviva inmediatamente el fuego, la paella llega a buen fin y nos la comemos tan a gusto como siempre, haciéndole los cumplidos de rigor a la cocinera que se da por satisfecha. Al final de la comida llega Paz que ha salido de Madrid hacia las 10 pero está cansada, como nos ocurre siempre que hacemos tan largo viaje.
Cuando ya nos disponíamos cada uno de los habituales a retirarnos a nuestros correspondientes lugares para echarnos una siesta, -¡ese gran momento de las jornadas veraniegas!- se presenta Mª Antonia y su hijo Fausto, la hija y nieto de la Tere, que, sin haber avisado antes a su madre, vienen a pasar con ella unos días. Rafa ha conseguido escapar antes y también Antonio y la pareja, pero Maru, Paz y yo nos vemos obligadas a la tertulia sin escape posible. Tere y Maru, sentadas cada una en una mecedora, no pueden evitar al cabo de muy poco rato quedarse dormidas, ajenas a la conversación, las dos con las caras hacia arriba, la boca entreabierta, la postura relajada, ofreciendo un aspecto poco estético a los demás pero disfrutando del merecido descanso.
La tarde termina yéndonos Maru, Paz, Rafa y yo a Capelo, a tomar un refresco en el chiringuito del amigo, mirando el mar que está azul cuando llegamos y se vuelve gris marengo, con las últimas luces de la tarde.
Continuará….
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