lunes, 2 de agosto de 2010

crónicas de mar y tierra

Crónicas de mar y tierra.
Llevo ya tres días nadando con mi sobrino. Vamos desde el Baconé hasta el final de Cala María o desde la playa de Capelo hasta la isla y la rodeamos. Es un verdadero disfrute, sobre todo cuando el mar está claro. Él nada como un tritón, baja hasta el fondo, se mueve con las aletas a gran velocidad y da seguridad llevarlo cerca. Claro que yo no me puedo comparar con una nereida, porque no conozco a ninguna que no sea joven, que tenga un tripón como el mío y a la que de vez en cuando se le agarroten los dedos de los pies o le dé un calambre en la pierna. Pero bueno, hacemos un buen tándem. Hoy nos ha acompañado Fernando y Paloma a la playa pero a Fernando le impone la idea de encontrarse con un tiburón y no se ha adentrado demasiado y a Paloma la hemos dejado atrás y no se ha animado a seguirnos. Hemos visto muchos peces, pequeños en grupos y más grandes. Antonio incluso ha visto una medusa que por suerte ha esquivado, no así ayer que le picó. La medusa, como el personaje mítico, es muy bella pero daña. Aquella , la de la mitología era una joven que presumía de sus bonitos cabellos, pero fue castigada por la diosa Atenea a cuyo servicio se encontraba, cuando se dejó seducir por el dios Posidón. Le convirtió sus cabellos en serpientes y le dio el poder de petrificar con su mirada. Estas malignas medusas que acuden por las costas del Mediterráneo te sueltan unos latigazos que te petrifican pero de dolor. Menos mal que la Hilde, solícita, sacó de su bolsa de tela con mil porquerías un frasco que contenía vinagre que, aplicado en la parte dolorida, calmó el dolor.
Maruja no quiere venir al mar, le da pereza. Ha empezado a pintar al óleo, una copia de un impresionista. También ha forrado de nuevo –naturalmente que se mantiene el forro primero- las fundas de las viejas mecedoras de mimbre, las longevas y deterioradas mecedoras, fundadoras de la casa, que nos sostienen aún milagrosamente. José Javier le puso un clavo nuevo a una de ellas en uno de los ejes que parecían sostener el engranaje, ya que el anterior estaba totalmente fuera y no nos explicábamos cómo no se había desintegrado la estructura. Pero siguen jugando un cometido imprescindible en la rutina veraniega. Cuando después de comer Rafael y Antonio se retiran a sus cuartos a dormir la siesta, Maru y yo colocamos las mecedoras en la parte baja de la terraza, frente al escalón del porche, en el sitio que más alegre sopla el aire, y cada una con un libro en la mano, nos dormimos profundamente durante un buen rato. Los libros que leemos son dos tomazos considerables. Da gusto ver a Maru inmersa en la lectura de “La Regenta” y disfrutando mucho con la historia. Claro que para compensar, a las seis de la tarde interrumpe el relato para ver y escuchar –a medias- una horrorosa novela hispanoamericana de la que cada día habla en términos más despectivos pero que no se pierde ninguna tarde, “a ver qué les pasa a éstos”. Se excusa mirándonos y diciendo: “es una solemne tontería pero…”
Luego, a última hora llega la hora del “geroturismo”. Vamos a buscar a Tere (90) y con Maru (89) nos vamos Rafael y yo a alguno de los chiringuitos a sentarnos y tomar un refresco. Y así todas las tardes. Ayer Maruja se disponía a irse sola porque se iban a reunir con la Pepa (90) pero mira por donde, su coche no funcionó. Se le ha roto la batería.
Esta mañana antes de darnos tiempo a bajar al taller para que se hiciera cargo el mecánico, ha llamado Jose Javier para “invitar” a su sobrino Fernando, que debe de pensar que como es ingeniero, es lógico que lo sepa, a que quitara él la batería, compre otra y la cambie, porque tal operación, según él, es más fácil que mear y se ahorra uno dinero. (no cuenta la gasolina hasta Amposta, la autopista si se coge, el tiempo…) Sólo hay que desconectar primero el polo negativo y luego el positivo y para colocarla lo contrario. Ha reconocido que es más fácil mear y luego ya viene lo de cambiar baterías. Yo estaba dispuesta a no hacerle caso, con el consentimiento de Maru, pero se lo he comentado a Fer, por aquello de no mentir, y los dos hermanos, bien dóciles, han bajado al coche a intentarlo. Primero ha sido difícil abrir el capó, porque está aprisionado por el olivo junto al que estaba apoyado. Han tenido que utilizar un palo para sujetarlo y finalmente lo han conseguido. Ahora queda la segunda parte, ir a Amposta y comprar la batería, luego vendrá la tercera, conectarla, poniendo primero el polo positivo y finalmente el negativo. Me lo he aprendido. Rafa está escandalizado de que hayamos hecho caso en lugar de ir directamente al mecánico porque, para eso hay profesionales… pero el espíritu de la frase “la infantería no reconoce obstáculos” late en el ambiente o en los genes, no se sabe.
Seguiremos en otro momento.

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